Nos pasamos la vida pretendiendo que los demás nos conozcan y aprecien, y como nunca conseguimos del todo que la gente vea lo que nosotros creemos evidente de nosotros mismos, acabamos poniendo nuestras esperanzas en el futuro, esperando que algún día encontraremos a alguien que nos comprenda, que sepa cómo pensamos y por qué actuamos, que nunca nos malinterprete y sepa darnos tiempo cuando lo necesitemos. Una persona que sea consciente de nuestras debilidades pero no las explote, que sepa cuánto duelen las heridas que la vida nos ha causado y las cubra, con exquisito cuidado y vendajes de seda, para que se vayan curando solas, sin que se vean.
Y como de costumbre, lo que deseamos no es lo que necesitamos. Porque nuestros amigos (y nuestras parejas) no están para leernos la mente y actuar exactamente como nos gustaria que lo hicieran, de la forma más cómoda y placentera para nosotros mismos. A menudo limpiar la herida, aunque duela extraer la suciedad, y desinfectarla, aunque el alcohol escueza, nos ayudará a curar mucho mejor que los más suaves vendajes y los más solícitos mimos.
Si queremos que nos entiendan, probemos a explicarnos. Si queremos que nos conozcan, probemos a tratar a los demás sin prevención ni suspicacia, y a aceptar las críticas cuando las recibamos en lugar de achacarlas a la incomprensión ajena. Un amigo no es menos amigo por no saber lo que te pasa o cómo solucionarlo sin que se lo cuentes. O por darte malas noticias, abrirte los ojos, decirte lo que no quieres oir, o incluso, a veces, causarte dolor.
Las personas no son títeres para aparecer mágicamente sólo cuando lo necesitemos y hacer sólo lo que preferimos que hagan. A veces lo que más nos puede ayudar requiere un esfuerzo que nos parece excesivo, o nos exige renunciar a cosas que apreciamos. A veces para ayudarnos hace falta enfrentarnos a cosas que preferiríamos ignorar.
A veces no hace falta poner vendajes sino quitarlos, dejar que la herida se airee y la piel se fortalezca. Y es entonces, a la hora de dar el tirón, cuando toca apretar los dientes y arrancar la costra, cuando comprendes para qué están los amigos.
lunes, 28 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
Vagando en círculos
A veces tenemos que caminar mucho para volver al punto de partida, y correr mucho para permanecer en el sitio. Y, cuando nos damos cuenta, los pasos que creíamos que nos estaban alejando nos traen hasta la puerta que creíamos haber cerrado tras nosotros. Y comprendemos que nunca salimos del todo por esa puerta, que nos limitamos a rodearla.
El camino puede haber sido agotador, y sin embargo habernos conducido a donde ya estábamos. Eso no quiere decir que haya sido tiempo y esfuerzo perdido, puesto que en el entretanto habremos aprendido muchas cosas de las que aún no podemos ser conscientes, y al menos una lección que ya no olvidaremos: no se puede avanzar sin cambiar, sin dejar cosas atrás, sin haber cruzado el umbral, a sabiendas o desprevenidamente. No se puede llegar lejos si seguimos siendo los mismos.
No hace siquiera saber exactamente a dónde vas. Pero andar determinadas sendas requiere más que poner un pie delante del otro o seguir las huellas de quienes nos precedieron. Requiere una voluntad y un esfuerzo totalmente comprometidos. No se trata de marcar una cruz en un mapa y seguir la línea más recta para alcanzarla sin prestar atención a nada que no sea nuestro objetivo. No se trata de buscar quien nos lleve de la mano y nos aparte las piedras para que no tropecemos con ellas. No se trata de dejarse llevar por cada soplo de viento y cambiar de dirección cada vez que algo nos sorprende o nos deslumbra, ni correr tras espejismos que parecen prometer sueños dorados al alcance de nuestra mano pero que siempre que la alargamos están un poco más lejos. Lo importante es que ese camino sea algo personal. Que sea nuestro camino, con todas sus revueltas y sus encrucijadas.
Y si esas revueltas te conducen de nuevo ante esa puerta que creías a tu espalda, no te desanimes, y comprende que quizá necesitabas algo de lo que has aprendido en tu vagabundeo para tener la fuerza y el valor de cruzarla.
El camino puede haber sido agotador, y sin embargo habernos conducido a donde ya estábamos. Eso no quiere decir que haya sido tiempo y esfuerzo perdido, puesto que en el entretanto habremos aprendido muchas cosas de las que aún no podemos ser conscientes, y al menos una lección que ya no olvidaremos: no se puede avanzar sin cambiar, sin dejar cosas atrás, sin haber cruzado el umbral, a sabiendas o desprevenidamente. No se puede llegar lejos si seguimos siendo los mismos.
No hace siquiera saber exactamente a dónde vas. Pero andar determinadas sendas requiere más que poner un pie delante del otro o seguir las huellas de quienes nos precedieron. Requiere una voluntad y un esfuerzo totalmente comprometidos. No se trata de marcar una cruz en un mapa y seguir la línea más recta para alcanzarla sin prestar atención a nada que no sea nuestro objetivo. No se trata de buscar quien nos lleve de la mano y nos aparte las piedras para que no tropecemos con ellas. No se trata de dejarse llevar por cada soplo de viento y cambiar de dirección cada vez que algo nos sorprende o nos deslumbra, ni correr tras espejismos que parecen prometer sueños dorados al alcance de nuestra mano pero que siempre que la alargamos están un poco más lejos. Lo importante es que ese camino sea algo personal. Que sea nuestro camino, con todas sus revueltas y sus encrucijadas.
Y si esas revueltas te conducen de nuevo ante esa puerta que creías a tu espalda, no te desanimes, y comprende que quizá necesitabas algo de lo que has aprendido en tu vagabundeo para tener la fuerza y el valor de cruzarla.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Tocar fondo
A veces, una roca firme te retiene, o una mano amiga te sujeta antes de que pierdas pie y empieces a hundirte. A veces, en plena caída, encuentras una rama a la que agarrarte, o un punto de apoyo para poder subir.
Otras veces, en cambio, la única manera de tomar impulso es llegar a tocar fondo.
Otras veces, en cambio, la única manera de tomar impulso es llegar a tocar fondo.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Fusibles
Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen ciertos mecanismos de protección. Cuando nos sobrecargamos, sea por nuestra propia actividad, o debido a estímulos externos, empezamos a recibir señales de aviso. Ignorarlas, por necesario que nos pueda parecer en el momento, nunca es buena idea.
Todos podemos pensar en determinados lugares, tareas, entretenimientos, e incluso personas, que nos producen sensaciones de agobio o de hartazgo, que nos "queman", y que, sin embargo, seguimos manteniendo en nuestras vidas. Solemos tener buenos motivos para ello, pero la realidad es que los tenemos porque necesitamos apelar a ellos, necesitamos autoconvencernos para seguir repitiendo un patrón que en el fondo, sabemos que nos está siendo perjudicial.
Hasta el día en que, después de haber pasado por alto todas las señales, nos fundimos. Quizá nos ponemos enfermos, quizá nos da un ataque repentino de tristeza o de ira, o simplemente nos quedamos sin fuerzas. Recuperarse cuando ya ha ocurrido es lento y dificultuoso, y eso si hemos tenido suerte y nuestro estado no ha afectado a personas que no tenían culpa y perdemos por eso nuestros puntos de apoyo.
Pero si incluso entonces, si incluso cuando ya hemos fundido nuestros fusibles físicos o mentales, seguimos insistiendo en sobrecargarnos, justificándonos con una y mil razones, desde las más nobles a las más pueriles, terminaremos por quemarnos del todo. Y entonces lo mejor de nosotros mismos se habrá perdido y quién sabe si seremos capaces de recuperarlo o volverlo a construir.
Prestemos atención a los pequeños indicios que nuestro cuerpo y nuestra mente nos dan, a todos esos avisos: el cansancio, la ansiedad, el insomnio, los leves dolores sin explicación aparente. Tomémoslos como señales de precaución, que para eso están. Hagamos caso a esa parte de nosotros a la que no solemos escuchar y nos empeñamos en mantener bajo control consciente en todo momento, éscuchémosla por una vez y atendamos a lo que nos quiere decir antes de que se fundan los fusibles.
Saber cuándo retirarse es tan importante como saber cuándo insistir.
Todos podemos pensar en determinados lugares, tareas, entretenimientos, e incluso personas, que nos producen sensaciones de agobio o de hartazgo, que nos "queman", y que, sin embargo, seguimos manteniendo en nuestras vidas. Solemos tener buenos motivos para ello, pero la realidad es que los tenemos porque necesitamos apelar a ellos, necesitamos autoconvencernos para seguir repitiendo un patrón que en el fondo, sabemos que nos está siendo perjudicial.
Hasta el día en que, después de haber pasado por alto todas las señales, nos fundimos. Quizá nos ponemos enfermos, quizá nos da un ataque repentino de tristeza o de ira, o simplemente nos quedamos sin fuerzas. Recuperarse cuando ya ha ocurrido es lento y dificultuoso, y eso si hemos tenido suerte y nuestro estado no ha afectado a personas que no tenían culpa y perdemos por eso nuestros puntos de apoyo.
Pero si incluso entonces, si incluso cuando ya hemos fundido nuestros fusibles físicos o mentales, seguimos insistiendo en sobrecargarnos, justificándonos con una y mil razones, desde las más nobles a las más pueriles, terminaremos por quemarnos del todo. Y entonces lo mejor de nosotros mismos se habrá perdido y quién sabe si seremos capaces de recuperarlo o volverlo a construir.
Prestemos atención a los pequeños indicios que nuestro cuerpo y nuestra mente nos dan, a todos esos avisos: el cansancio, la ansiedad, el insomnio, los leves dolores sin explicación aparente. Tomémoslos como señales de precaución, que para eso están. Hagamos caso a esa parte de nosotros a la que no solemos escuchar y nos empeñamos en mantener bajo control consciente en todo momento, éscuchémosla por una vez y atendamos a lo que nos quiere decir antes de que se fundan los fusibles.
Saber cuándo retirarse es tan importante como saber cuándo insistir.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Como un rayo
Como un rayo, que golpea cuando ilumina, nos llegan a veces palabras o ideas que nos cortan el aliento y nos frenan en seco.
Escuchamos algo, o lo leemos, o estamos mirando un cuadro, un paisaje, y un detalle antes inadvertido captura de golpe nuestra atención. Nos planteamos algo, o nos asalta un pensamiento que nos deja boqueando, como si hubiéramos caído de golpe a una poza de agua fría. Vemos en los ojos de otra persona o captamos en sus palabras toda la fuerza de una descarga eléctrica, tierra y nube haciendo contacto en una explosión cegadora.
La sensación nos abruma, la mente parece abrirse a la vez en todas direcciones, a veces como una flor, a veces como un estallido.
Y si tenemos suerte cuando, tambaleándonos, recuperamos el equilibrio, podemos conservar no sólo el recuerdo del golpe, sino parte de esa luz.
Como un rayo, que al tocarnos nos enciende y nos abrasa. Y nunca volvemos a ser los mismos.
Escuchamos algo, o lo leemos, o estamos mirando un cuadro, un paisaje, y un detalle antes inadvertido captura de golpe nuestra atención. Nos planteamos algo, o nos asalta un pensamiento que nos deja boqueando, como si hubiéramos caído de golpe a una poza de agua fría. Vemos en los ojos de otra persona o captamos en sus palabras toda la fuerza de una descarga eléctrica, tierra y nube haciendo contacto en una explosión cegadora.
La sensación nos abruma, la mente parece abrirse a la vez en todas direcciones, a veces como una flor, a veces como un estallido.
Y si tenemos suerte cuando, tambaleándonos, recuperamos el equilibrio, podemos conservar no sólo el recuerdo del golpe, sino parte de esa luz.
Como un rayo, que al tocarnos nos enciende y nos abrasa. Y nunca volvemos a ser los mismos.
viernes, 4 de febrero de 2011
[En otras palabras] Instante
Llega el deshielo y tímidamente vuelve a asomar el sol... aún quedan noches frías, pero veo la primera chispa que enciende ya la promesa del fuego.
INSTANTE
Ven a mirar conmigo
el final de la lluvia.
Caen las últimas gotas como
diamantes desprendidos
de la corona del invierno,
y nuevamente queda
desnudo el aire.
Pronto un rayo de sol
encenderá los verdes
del patio,
y saltarán al césped
una vez más los pájaros.
Ven conmigo y fijemos el instante
-mariposa de vidrio-
en esta página.
Meira Delmar
miércoles, 2 de febrero de 2011
[Recetas] Cremas de queso para Imbolc
Los lácteos de todo tipo son alimentos típicos de esta fecha, debido a su relación con los primeros partos del ganado, especialmente las ovejas. Aunque la leche en sí no me agrada, soy en cambio una gran amante de sus derivados; me apasionan los batidos, el yogur, y sobre todo el queso. Por eso hoy quiero ofreceros dos recetas muy, muy sencillitas de cremas de queso que añaden un toque de sabor a cualquier banquete o fiesta, y son especialmente adecuadas para Imbolc.
Queso de Hierbas
Ingredientes:
Dip de queso y cebolla
Ingredientes:
¡Feliz Imbolc a todos!
Queso de Hierbas
Ingredientes:
- 150 gr de queso blanco para untar (tipo Philadelphia)
- 250 gr de queso de Burgos
- Hierbas provenzales
Dip de queso y cebolla
Ingredientes:
- 150 gr de queso blanco para untar
- Medio sobre de sopa de cebolla
- Leche o nata
¡Feliz Imbolc a todos!
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