sábado, 10 de julio de 2010

[En otras palabras] Como si fuéramos inmortales

Vivir, vivir sin más, sin miedo, huyendo de las dudas, y de las certezas, y sin perder nunca la risa y la esperanza.

COMO SI FUÉRAMOS INMORTALES

Todos sabemos que nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final
sin embargo hay que vivir como si fuéramos inmortales
sabemos que los caballos y los perros tienen las patas sobre la tierra
pero no es descartable que en una nochebuena se lancen a volar

sabemos que en una esquina no rosada aguarda el ultimátum de la envidia
pero en definitiva será el tiempo el que diga dónde es dónde y quién es quién

sabemos que tras cada victoria el enemigo regresa buscando más triunfos
y que volveremos a ser inexorablemente derrotados vale decir que venceremos

sabemos que el odio viene lleno de imposturas
pero que las va a perder antes del diluvio o después del carnaval
sabemos que el hambre está desnuda desde hace siglos
pero también que los saciados responderán por los hambrientos

sabemos que la melancolía es un resplandor y sólo eso
pero a los melancólicos nadie les quita lo bailado
sabemos que los bondadosos instalan cerrojos de seguridad
pero la bondad suele escaparse por los tejados
sabemos que los decididores deciden como locos o miserables
y que mañana o pasado alguien decidirá que no decidan

sintetizando / todos sabemos que nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final
pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales


Mario Benedetti

lunes, 5 de julio de 2010

La letra de la ley

Las creencias y rituales religiosos también muestran relaciones adaptativas en forma de tabúes. A menudo los tabúes adoptan la forma de mandatos sagrados que resuelven las ambigüedades y controlan la tentación de involucrarse en conductas como el incesto, que tienen beneficios a corto plazo pero que, a la larga, son socialmente perturbadoras. Con este enfoque se pueden examinar muchos tabúes sobre animales cuya explotación provoca consecuencias ecológicas y económicas ambiguas. Por ejemplo, el tabú del cerdo entre los antiguos israelitas se puede comprender como una adaptación al cambio de los costos y beneficios de la cria de cerdos, provocado por el crecimiento demográfico, la deforestación y la desertización. Una relación análoga entre costos y beneficios a corto y a largo plazo, puede también explicar la pauta de uso y no uso de ciertos animales y tabúes asociados a diversas intensidades de lo sagrado que cabe observar en aldeas de diferentes tamaños de la selva tropical amazónica. Un ejemplo final de la forma en que tabúes y religiones enteras se adaptan a contextos políticos, económicos y ecológicos cambiantes es la vaca sagrada en la India.

Marvin Harris, Antropología Cultural
Cap. 12: La religión

Las reglas y normas evolucionan. Los preceptos que se crearon para una población específica en un contexto específico, no siempre tienen el mismo sentido tras la colonización de nuevas tierras, la mezcla racial y cultural que se produce con el contacto con otros pueblos, o el simple paso del tiempo.
Pero las leyes no siguen esta evolución de manera natural. Mientras más explícita es una norma, mientras más estricta sea la obligación de su cumplimiento o más duros los castigos por su incumplimiento, más difícil será que sufra cambios, y éstos serán más lentos. Cuánto menos se recuerde de los motivos que llevaron a hacer las cosas de determinada manera, menos dispuesta estará una comunidad a cambiarlos. Y, por supuesto, siempre hay grupos interesados en que las cosas sigan como están... sobre todo cuando esas leyes les otorgan privilegios.

El caso de los tabúes y las normas morales basados en la fe es especialmente resistente al cambio, porque, aunque inicialmente respondieran a alguna necesidad, su aceptación y persistencia se basan en la aseveración de que son cosas que agradan o desagradan a Dios, los Espíritus, los Ancestros, o cualquier otra entidad reverenciada. Y se explican por el más simple de los razonamientos circulares. No debemos hacer tal cosa porque es algo malo. ¿Y por qué es algo malo? Porque a los Dioses no les gusta ¿Y por qué a los Dioses no les gusta? Porque es malo. O a la inversa, debemos seguir las normas porque los Dioses nos favorecerán si lo hacemos. Y al que le pasa algo malo... bien, los Dioses no lo habrán encontrado digno de sus favores. Algo habrá hecho (o habrá dejado de hacer), cuando ha sido castigado.

Aún peor es cuando estas leyes y tabúes, frutos de su contexto, son extendidas más allá de las situaciones específicas que pretendían regular, para ser usadas como justificación de comportamientos que aquellos que pusieron por escrito una norma ancestral que quizá ni siquiera ellos comprendían ya del todo, jamás soñaron que pudieran existir. En estas condiciones, seguir las leyes al pie de la letra, sin saber cuál es el motivo por el que fueron promulgadas, puede llevarnos a tomar decisiones o realizar acciones que están en contra del espíritu profundo de esa misma ley.

Los pueblos paganos de la antigüedad acataban muchas reglas y tradiciones que nosotros, desde nuestra perspectiva, aún debemos esforzarnos por entender, y muchas de ellas sin duda no tendrán cabida en el mundo moderno. Estudiarlas antes de adoptarlas ciegamente, aprender a distinguir las que sí son válidas para nuesta vida actual, es la mejor forma que tenemos de mantener su espiritualidad presente entre nosotros.

lunes, 28 de junio de 2010

El espíritu de la ley

Vamos con una obviedad: Las normas existen por algo.

No surgen porque sí, sino que, por lo general, tienen un sentido, responden a una necesidad de regular determinados comportamientos que es necesario mantener, o de castigar otros que son disruptivos o problemáticos. La mayor parte de las normas que rigen una comunidad tratan de responder a las necesidades de sus miembros, facilitar la convivencia y las relaciones entre ellos, minimizar las disputas y, en caso de que se den, resolverlas de forma justa. No importa si es un patio de vecinos, una clase de parvulitos, una pandilla de amigos, un equipo deportivo, una comunidad religiosa, una asamblea de concejales o el conjunto entero de habitantes de un país, cualquier grupo de seres humanos necesita guiarse por una serie de reglas, implícitas o explícitas, que ayuden a sus miembros a orientar sus acciones en la dirección adecuada para obtener el mayor bien general posible.

Esto no quiere decir que no hayan existido (y existan) leyes injustas, redactadas para favorecer los privilegios de una minoría o para dejar fuera a otras, normas estúpidas o arbitrarias creadas para legitimar caprichos de algún gobernante, o reglas trasnochadas que dejaron de tener sentido hace tiempo y permanecen por la fuerza de la costumbre, limitándonos en lugar de ayudarnos. Pero, en su conjunto, podemos aceptar con bastante seguridad que, si algo se convirtió en norma sancionada, es porque tenía alguna utilidad.
Y esa utilidad puede haberse reducido o desaparecido con los avances de la ciencia, la sociedad o la cultura, pero también puede permanecer intacta, sólo que nunca nos hemos parado a pensar cuál será, acatando la ley o rebelándonos frente a ella como una imposición, sin comprender de dónde viene y a qué responde.

Ceñirnos a las normas al pie de la letra y enfrentarnos a quienes no las cumplen o no se rigen por ellas simplemente porque sí puede ayudarnos a convivir, pero también puede alienarnos, coactar nuestra libertad e impedirnos madurar. Saltárnoslas simplemente porque sí puede darnos ventajas, pero también puede causarnos graves perjuicios, o causárselos a otras personas. Rebelarnos contra la autoridad llevando la contraria en todo es tan infantil como obedecer ciegamente.
Lo que precisamos es entender el espíritu de la ley, no su letra, tratar de comprender de dónde vienen las normas, porqué se crearon en primer lugar, si son impuestas o consensuadas, si están anquilosadas o han evolucionado, y, sobre todo, a qué necesidades de la comunidad dan respuesta. Intentar regirnos por nuestras propias reglas, pero tomando como base las comunes, e intentar que éstas sean flexibles y razonables, las mejores posibles, las más adecuadas para uno mismo y para todos.

viernes, 25 de junio de 2010

[En otras palabras] Vida, oficios

Con las obligaciones contándome los pasos, encontrando donde no esperaba las fuerzas y las ganas para avanzar, al menos, un trecho cada día.

VIDA, OFICIOS

Insoslayable para la vida,
la nueva vida me amanece: es un pequeño
sol con raíces que habré de regar mucho
e impulsar a que juegue
su propio ataque contra la cizaña.
Pequeño y pobre pan de la solidaridad,
bandera contra el frío, agua fresca para la sangre:
elementos maternos que no deben alejarse
del corazón.
Y contra la melancolía, la confianza; contra
la desesperación,
la voz del pueblo
vibrando en las ventanas de esta casa secreta.
Descubrir,
descifrar,
articular,
poner en marcha:
viejos oficios de los libertadores y los mártires
que ahora son nuestras obligaciones
y que andan por allí contándonos los pasos:
del desayuno al sueño,
del sigilo en sigilo,
de acción en acción,
de vida en vida.

Roque Dalton

miércoles, 23 de junio de 2010

La realidad de lo irreal

¿Deseáis ver los Reinos Lejanos? Muy bien. Pero primero, debéis saber: los lugares que visitaréis, los lugares que veréis, no existen. Porque solamente hay dos mundos... el vuestro, que es el mundo real, y otros mundos, que son de fantasía. Mundos como ésos existen en la imaginación de los hombres. Su realidad o falta de realidad no es importante. Lo que importa es que están ahí. Esos mundos proveen alternativas. Proveen escape. Proveen amenazas. Proveen sueños y poder. Proveen rechazo y dolor. Ellos le dan significado a vuestro mundo. No existen, y de esa manera, ellos son todo lo que importa.

Titania, reina de las hadas,
en Los Libros de la Magia, de Neil Gaiman

Estamos acostumbrados a considerar "real" al mundo externo, e "irreales" a nuestras experiencias internas. Sin embargo, todo lo que conocemos del mundo no es más que la conjunción de diferentes percepciones sensoriales que nuestro cerebro integra e interpreta. Los pensamientos, los sentimientos y las emociones son experiencias meramente internas, no observables, de cuya existencia otras personas no tienen más pruebas que nuestras palabras y acciones basadas en ellos. ¿Es más real el paisaje que veo por la ventana que la sensación que despierta en mí? Hay personas con determinados trastornos cerebrales que son incapaces de percibir algunas cosas o cualidades, o que perciben otras que los demás no. Su realidad es distinta a la de quienes le rodean, pero no por eso es menos real para ellos.

Cuando creamos algo, primero imaginamos cómo podría ser, después cómo desarrollarlo, luego podemos diseñarlo, y posteriormente realizarlo. ¿Era menos real entonces la idea que el objeto? ¿Es menos real el plano que la máquina? ¿Es menos real que el cuadro la imagen que el pintor tenía en su cabeza antes de plasmarla en el lienzo? No. Ambos son reales, sólo que en ámbitos distintos. Una semilla no es un árbol, pero puede llegar a serlo, y la semilla no es menos real que el árbol únicamente porque aguarde escondida bajo la tierra, ni comienza a ser real cuando el primer brote verde sale a la luz.
Cuando nos sentimos felices, o tristes, cuando nos enfadamos o nos enamoramos, no son experiencias menos reales porque otras personas no puedan percibir que las sentimos. Cuando soñamos, mientras estamos inmersos en el mundo onírico, éste es real para nosotros. Cuando imaginamos, cuando creamos, estamos haciendo realidad en nuestra mente cosas que no existían antes, y podemos incluso hacerlas realidad físicamente para que pasen a formar parte del mundo externo. Pero primero tienen que ser reales para nosotros.

La existencia no es una cuestión de absolutos, hay diferentes grados de realidad. Que algo no sea visible, tangible y persistente, no quiere decir que no sea real.

lunes, 14 de junio de 2010

[Música] La Maza

Muchas cosas tienen valor, no únicamente por lo que son de por sí, sino sobre todo por aquello que representan, que simbolizan, aquello más grande o más complejo de lo que son parte, el sonido con cuyos ecos resuenan, el tejido cuya urdimbre crean sus hilos. Muchas cosas que creemos imprescindibles, a las que hemos erigido altares, no son más que símbolos, sistemas, instrumentos, a los que, olvidando que su función es servir de apoyo, otorgamos una importancia central. Hay cosas que no podemos conseguir igual de pulidas, o igual de rápido, sin las herramientas adecuadas, pero lo que es seguro es que no podemos hacer nada con las herramientas sin la materia prima y el tesón necesario para usarlas.



La Maza

Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte,
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.
Si no creyera en la balanza,
en la razón del equilibrio,
si no creyera en el delirio,
si no creyera en la esperanza.
Si no creyera en lo que agencio,
si no creyera en mi camino,
si no creyera en mi sonido,
si no creyera en mi silencio...

Qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un amasijo hecho de cuerdas y tendones,
un revoltijo de carne con madera,
un instrumento sin mejores resplandores
qué lucecitas montadas para escena.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un testaferro del traidor de los aplausos,
un servidor de pasado en copa nueva,
un eternizador de dioses del ocaso,
júbilo hervido con trapo y lentejuela.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.

Si no creyera en lo más duro,
si no creyera en el deseo,
si no creyera en lo que creo,
si no creyera en algo puro.
Si no creyera en cada herida,
si no creyera en la que ronde,
si no creyera en lo que esconde
hacerse hermano de la vida.
Si no creyera en quien me escucha,
si no creyera en lo que duele,
si no creyera en lo que quede,
si no creyera en lo que lucha...

Qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un amasijo hecho de cuerdas y tendones,
un revoltijo de carne con madera,
un instrumento sin mejores resplandores
qué lucecitas montadas para escena.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un testaferro del traidor de los aplausos,
un servidor de pasado en copa nueva,
un eternizador de dioses del ocaso,
júbilo hervido con trapo y lentejuela.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.

Silvio Rodríguez

miércoles, 9 de junio de 2010

Errare humanum est (III): Resarciendo

Resarcir.
(Del lat. resarcīre).

1. tr. Indemnizar, reparar, compensar un daño, perjuicio o agravio. U. t. c. prnl.

Quizá compensar un error cometido sea una de las cosas mas difíciles de hacer, y no digamos de hacer correctamente. Es mucho más sencillo buscar una instancia externa que nos castigue, nos absuelva, o ambas cosas, sea un sacerdote o la Ley de Tres. O convencernos a nosotros mismos, sea repitiéndonos que no es nuestra culpa para lograr cierto grado de tranquilidad de conciencia, o flagelándonos con pensamientos y sentimientos negativos, rumiando nuestra equivocación o previendo desastrosas consecuencias casi con esperanza, con la sensación de merecerlas. O escudarnos en nuestras buenas intenciones, como si bastase con un pensamiento amable para contrarrestar un acto dañino.

No podemos hacer nada para arreglar algo que ya ha pasado, para "borrar" nuestros errores. Pero sí podemos evitar volver a cometerlos, y el primer paso es reconocer que somos responsables de todo cuanto hacemos o dejamos de hacer, decimos o callamos. Y si nuestras buenas intenciones tienen algún valor, es hacernos ver cuánto nos hemos desviado del objetivo al equivocarnos.

No podemos resarcir a todos aquellos a quienes hayamos herido, ofendido o perjudicado. Pero sí podemos reconocer que algunos de esos actos los hicimos voluntariamente, sabiendo o no lo que acarrearían, y afrontar sus consecuencias, y tratar de minimizar aquellas que no pretendíamos. Sí podemos asumir que otras veces, sin pretenderlo, hicimos daño porque cometimos errores, dejar a un lado las excusas y el orgullo, y simplemente empezar por disculparnos. Y después, poner todo lo que esté en nuestra mano para compensarlo. Muchas veces será mucho más sencillo de lo que pensamos.

No podemos eliminar nuestros errores, pero podemos aprender de ellos mucho sobre el camino que deseamos tomar, sobre los demás, y, ante todo, sobre nosotros mismos.