La responsabilidad por nuestros propios actos no sólo implica pensar en las consecuencias de nuestros actos antes de hacerlos y tratar de enmendar nuestros errores. También significa que debemos estar agradecidos por todas esas cosas que hemos hecho, esas decisiones que hemos tomado, esas casualidades que nos han cambiado el rumbo… todo lo que nos ha llevado a estar donde estamos y ser quienes somos.
Agradecer a la vida todo lo que nos entrega, y hacer algo por todos aquellos que han hecho algo por nosotros, aunque no sea más que un “gracias” y una sonrisa, o un abrazo.
Hay en nuestra vida muchas personas que nos aportan cosas, nos enriquecen, nos enseñan, que comparten con nosotros parte de ellos mismos. Gente cuya compañía hace el mundo un poco más agradable, más brillante, mejor. Y a veces tomamos lo que nos dan sin ser conscientes del inmenso regalo que nos están haciendo.
Acerquémonos a esas personas, a todo aquel que nos ha entregado algo de sí mismo, y atrevámonos a agradecérselo como se merece. Atrevámonos a decir “Gracias por ser tú, por estar ahí, por lo que has compartido conmigo”. Atrevámonos a expresar nuestro cariño y nuestro agradecimiento a todo aquel que se lo merezca. Mantengamos la energía en movimiento, dando y recibiendo, dejando fluir nuestras emociones en lugar de reservarlas en secreto, como si se pudiesen gastar.
Al menos, yo desde aquí quisiera agradecer a todas esas personas que llenan mi vida de buen humor, de experiencias, de calidez. Que me han hecho reir, y asombrarme, y sentirme comprendida. A veces no es posible daros un abrazo a todos, pero sabéis que estáis en mi corazón.
A todos vosotros, hermanos, amigos… vosotros sabéis quiénes sois: Muchas gracias. Por todo.
lunes, 16 de julio de 2007
miércoles, 11 de julio de 2007
[Yo y mis circunstancias] Donde sople el viento
Imagino que os habréis percatado de que llevo unos días sin actualizar. A veces la vida te arrastra como un vendaval, zarandeándote, llevándote a sitios y a personas que jamás soñaste.
Cuando esto ocurre, no siempre es posible tener acceso a internet, ni siquiera mantener unas rutinas básicas, porque arriba, abajo, delante, detrás, antes y después, dejan de tener sentido.
Si alguien me ha echado de menos, sólo me queda disculparme. Volveré en cuanto pueda, en cuanto vuelva a tener los pies sobre la tierra.
Este verano está siendo un tiempo de grandes cambios...
Cuando esto ocurre, no siempre es posible tener acceso a internet, ni siquiera mantener unas rutinas básicas, porque arriba, abajo, delante, detrás, antes y después, dejan de tener sentido.
Si alguien me ha echado de menos, sólo me queda disculparme. Volveré en cuanto pueda, en cuanto vuelva a tener los pies sobre la tierra.
Este verano está siendo un tiempo de grandes cambios...
viernes, 6 de julio de 2007
[En otras palabras] El Laberinto de las Mil Puertas
A veces damos vueltas en círculo, enganchados al mismo lugar, las mismas cosas, las mismas actitudes. Queremos ir más allá, pero nos movemos siempre en el mismo plano, y no logramos encontrar una salida. Y es que la clave no es de dónde partimos, sino hacia dónde queremos ir.
[…]
-Los caminos de Fantasia -dijo Graógraman- sólo puedes encontrarlos con tus deseos. Y sólo puedes ir de un deseo a otro. Lo que no deseas te resulta inalcanzable. Eso es lo que significan aquí las palabras «cerca» y «lejos». Y tampoco basta con querer marcharse de un lugar. Tienes que querer ir a otro. Tienes que dejarte llevar por tus deseos.
-Pero si yo no deseo marcharme... -respondió Bastián.
-Tendrás que encontrar tu próximo deseo -contestó Graógraman casi serio.
-Y si lo encuentro -preguntó Bastián-, ¿cómo podré marcharme de aquí?
-Escucha, señor -dijo en voz baja Graógraman-: hay en Fantasia un lugar que conduce a todas partes y al que puede llegarse desde todas. Ese lugar se llama el Templo de las Mil Puertas. Nadie lo ha visto nunca por fuera, porque no tiene exterior. Su interior sin embargo, está formado por un laberinto de puertas. El que quiera conocerlo, tiene que atreverse a entrar.
-¿Cómo es posible, si uno no puede acercarse por fuera?
-Cada puerta -prosiguió el león-, cada puerta de Fantasia entera, hasta una puerta completamente corriente de establo o de cocina, incluso la puerta de un armario, puede ser, en un momento determinado, la puerta de entrada al Templo de las Mil Puertas. Si el momento pasa, la puerta vuelve a ser lo que era. Por eso nadie puede entrar una segunda vez por la misma puerta. Y ninguna de las mil puertas conduce otra vez al lugar de dónde se vino. No hay vuelta atrás.
-Pero, cuando se está dentro, ¿se puede salir otra vez a alguna parte?
-Sí -respondió el león-, pero no es tan fácil como en las casas corrientes. Porque a través del laberinto de las mil puertas sólo puede guiarte un deseo auténtico. Quien no lo tiene ha de vagar por el laberinto hasta que sabe lo que desea. Y a veces hace falta mucho tiempo para eso.
-¿Y cómo se puede encontrar la puerta de entrada?
-Hay que desearlo.
Bastián meditó largo tiempo y dijo luego:
-Es extraño que no se pueda desear simplemente lo que se quiere. ¿De dónde vienen realmente los deseos? ¿Y qué es eso, un deseo?
[…]Michael Ende, La Historia Interminable, Cap. XV: Graógraman, La Muerte Multicolor
jueves, 5 de julio de 2007
Fe
La fe es un regalo divino. No se puede obtener razonando, ni examinándola con microscopio. No se puede alcanzar sólo con desearla.
La fe es algo que brota del interior, no algo que llegue desde el exterior. Nadie te la puede entregar, sino que debes hallarla dentro de ti mismo.
Mucha gente vive una vida plena y feliz sin necesidad de ninguna fe ni creencia. Personalmente, les admiro. Al igual que admiro a aquellos que tienen una fe íntima y personal, que guía sus pasos sin sesgar su razón.
La fe es un don maravilloso, y a veces olvidamos apreciarla en lo que vale.
Valoremos nuestra fe, porque es la base sobre la que avanzamos por nuestro camino espiritual. Es la guía que nos orienta para no perdernos en sus recovecos. La fe es la que nos permite dirigir nuestros propios pasos sin necesidad de obedecer ciegamente las enseñanzas de cualquier autoproclamado maestro. La fe es la llama que arroja luz sobre todo aquello que vemos y lo dota de un significado trascendente.
La fe es un pequeño milagro cotidiano. Démosle el valor que se merece.
La fe es algo que brota del interior, no algo que llegue desde el exterior. Nadie te la puede entregar, sino que debes hallarla dentro de ti mismo.
Mucha gente vive una vida plena y feliz sin necesidad de ninguna fe ni creencia. Personalmente, les admiro. Al igual que admiro a aquellos que tienen una fe íntima y personal, que guía sus pasos sin sesgar su razón.
La fe es un don maravilloso, y a veces olvidamos apreciarla en lo que vale.
Valoremos nuestra fe, porque es la base sobre la que avanzamos por nuestro camino espiritual. Es la guía que nos orienta para no perdernos en sus recovecos. La fe es la que nos permite dirigir nuestros propios pasos sin necesidad de obedecer ciegamente las enseñanzas de cualquier autoproclamado maestro. La fe es la llama que arroja luz sobre todo aquello que vemos y lo dota de un significado trascendente.
La fe es un pequeño milagro cotidiano. Démosle el valor que se merece.
miércoles, 4 de julio de 2007
[Libros] Cada cosa en su sitio
Llevo tiempo dándole vueltas a la idea de recomendar algunas lecturas que a mí me resultaron reveladoras, me sorprendieron o me inspiraron, y al mismo tiempo hacer una crítica, lo más constructiva posible, de otros libros que me parecen confusos, incompletos o falaces.
Pero temo toparme con unos cuantos problemas relativamente comunes:
Por un lado, que alguien confunda una recomendación de una buena novela histórica con una aseveración de que su contenido es históricamente fiable. No soy historiadora, y, si me gusta un libro porque lo encuentro lo suficientemente auténtico, no quiere decir que no tenga fallos, alguno incluso garrafal, que se me pueda haber pasado por alto o que, habiéndolo visto, no me haya parecido que restase calidad al conjunto.
En segundo lugar, que alguien pudiese considerar mi opinión personal como algo estricto. Que a mí un libro me pareciese muy bueno, o que obtuviese de él ideas que me iluminaron y me sirvieron de guía posteriormente, no quiere decir que a todo el mundo le pase lo mismo. Procuraré razonar mi crítica de la manera más precisa posible, pero muchas veces el único motivo para que un libro me llegue es “tiene algo que me produce una agradable sensación”, y eso es totalmente individual. Igualmente, cualquier libro tiene algo bueno que sacar, aunque no sea más que un criterio más claro sobre qué no deberíamos asociar con la wicca o cuál no es la manera adecuada de escribir un libro sobre creencias. No quisiera que nadie dejase de leer un libro sólo porque a mí no me sirvió de gran cosa.
También temo que alguien confunda mi preferencia por algún libro con mi apoyo a los valores o creencias de su autor, o a su propio autor. Los escritores no deben ser buenas personas, no deben caernos bien, ni tenemos por qué estar de acuerdo con ellos. Sólo deben hacer bien su trabajo: escribir historias o divulgar sus conocimientos de una manera precisa, auténtica y lo más grata posible. Que yo opine, por ejemplo, que tal o cual libro es el más adecuado para empezar a leer sobre wicca, no implica que coincida punto por punto con todas y cada una de las afirmaciones que hace su autor, sólo que considero que, en general, está bien fundamentado, carece de errores de bulto y/o tiene unas explicaciones muy claras, lo que lo hace adecuado para principiantes.
Por último, y lo que más me preocupa, quisiera que siempre quedase totalmente clara la diferencia entre realidad y ficción. Muchas novelas (y películas, y series, pero de eso también tendré que hablar en otra ocasión) utilizan un ambiente “wiccano” o “mágico” para desarrollar la historia. Algunas son grandes obras, otras mediocres, otras son directamente malas. Algunas están bien documentadas y otras caen en tópicos o en errores garrafales. Pero todas son obras de ficción, y el trasfondo está al servicio de la historia.
Que yo opine que una novela cuya protagonista dice ser wiccana (o bruja) y en la que se narran rituales o hechizos es un libro interesante o inspirador, no quiere decir que crea que todo lo que se hace en la novela es real y que los hechizos y/o los rituales sean prácticas wiccanas auténticas. Sólo quiere decir que la novela me ha gustado. Sólo eso. También me gusta mucho El Señor de los Anillos, hay algunas frases de Tolkien que considero buenas lecciones para mi vida, y eso no quiere decir que creo que existan los balrogs.
Una vez quedan claros todos estos puntos, en un lapso de tiempo relativamente breve, me atreveré a empezar a comentar algunos libros que considero particularmente buenos, o particularmente malos. Espero que os guste.
Pero temo toparme con unos cuantos problemas relativamente comunes:
Por un lado, que alguien confunda una recomendación de una buena novela histórica con una aseveración de que su contenido es históricamente fiable. No soy historiadora, y, si me gusta un libro porque lo encuentro lo suficientemente auténtico, no quiere decir que no tenga fallos, alguno incluso garrafal, que se me pueda haber pasado por alto o que, habiéndolo visto, no me haya parecido que restase calidad al conjunto.
En segundo lugar, que alguien pudiese considerar mi opinión personal como algo estricto. Que a mí un libro me pareciese muy bueno, o que obtuviese de él ideas que me iluminaron y me sirvieron de guía posteriormente, no quiere decir que a todo el mundo le pase lo mismo. Procuraré razonar mi crítica de la manera más precisa posible, pero muchas veces el único motivo para que un libro me llegue es “tiene algo que me produce una agradable sensación”, y eso es totalmente individual. Igualmente, cualquier libro tiene algo bueno que sacar, aunque no sea más que un criterio más claro sobre qué no deberíamos asociar con la wicca o cuál no es la manera adecuada de escribir un libro sobre creencias. No quisiera que nadie dejase de leer un libro sólo porque a mí no me sirvió de gran cosa.
También temo que alguien confunda mi preferencia por algún libro con mi apoyo a los valores o creencias de su autor, o a su propio autor. Los escritores no deben ser buenas personas, no deben caernos bien, ni tenemos por qué estar de acuerdo con ellos. Sólo deben hacer bien su trabajo: escribir historias o divulgar sus conocimientos de una manera precisa, auténtica y lo más grata posible. Que yo opine, por ejemplo, que tal o cual libro es el más adecuado para empezar a leer sobre wicca, no implica que coincida punto por punto con todas y cada una de las afirmaciones que hace su autor, sólo que considero que, en general, está bien fundamentado, carece de errores de bulto y/o tiene unas explicaciones muy claras, lo que lo hace adecuado para principiantes.
Por último, y lo que más me preocupa, quisiera que siempre quedase totalmente clara la diferencia entre realidad y ficción. Muchas novelas (y películas, y series, pero de eso también tendré que hablar en otra ocasión) utilizan un ambiente “wiccano” o “mágico” para desarrollar la historia. Algunas son grandes obras, otras mediocres, otras son directamente malas. Algunas están bien documentadas y otras caen en tópicos o en errores garrafales. Pero todas son obras de ficción, y el trasfondo está al servicio de la historia.
Que yo opine que una novela cuya protagonista dice ser wiccana (o bruja) y en la que se narran rituales o hechizos es un libro interesante o inspirador, no quiere decir que crea que todo lo que se hace en la novela es real y que los hechizos y/o los rituales sean prácticas wiccanas auténticas. Sólo quiere decir que la novela me ha gustado. Sólo eso. También me gusta mucho El Señor de los Anillos, hay algunas frases de Tolkien que considero buenas lecciones para mi vida, y eso no quiere decir que creo que existan los balrogs.
Una vez quedan claros todos estos puntos, en un lapso de tiempo relativamente breve, me atreveré a empezar a comentar algunos libros que considero particularmente buenos, o particularmente malos. Espero que os guste.
martes, 3 de julio de 2007
Demagogia
Es fácil apelar a sentimientos universales. Reclamar para uno mismo el nombre de sabio, de justo, de virtuoso, de mártir.
Es fácil retorcer el significado de las palabras, ocultar hechos y tergiversar historias. Sentirse diferente, y superior, basándose en argumentos falaces.
Es fácil apelar al rencor, al miedo, a la envidia, a la ignorancia. Marcar a fuego a los otros con etiquetas que les denigren y justifiquen nuestro desprecio.
Es fácil decirle a la gente lo que quiere oir, y dejarse aclamar, y lisonjear por ello.
Es fácil, y no es honesto.
No estamos aquí para convencer a nadie, para que nos idolatren, ni para pastorear ovejas que nos sigan ciegamente.
Estamos siguiendo un camino, y aquellos que se nos unen y caminan a nuestro lado un trecho, corto o largo, no son nuestros discípulos, sino nuestros iguales.
Cuando damos, recibimos otro tanto. Cuando enseñamos, aprendemos. Nuestras palabras no son la Ley, ni la Verdad, porque ley y verdad se escriben con minúsculas, y son específicas para cada instante, cada lugar, cada persona. Y cada persona debe aprender cómo actuar, en cada instante y lugar, con los datos y las habilidades de que dispone, no ceñirse a una Norma impuesta y nunca razonada.
No hay nada absoluto, porque el mundo está en perpetuo cambio. Creer que siempre tendremos razón es un grave error. Subirse a un púlpito a gritar lo buenos que somos y lo malos que son los demás es una insensatez. Utilizar las palabras como arma es un abuso intolerable.
Es fácil retorcer el significado de las palabras, ocultar hechos y tergiversar historias. Sentirse diferente, y superior, basándose en argumentos falaces.
Es fácil apelar al rencor, al miedo, a la envidia, a la ignorancia. Marcar a fuego a los otros con etiquetas que les denigren y justifiquen nuestro desprecio.
Es fácil decirle a la gente lo que quiere oir, y dejarse aclamar, y lisonjear por ello.
Es fácil, y no es honesto.
No estamos aquí para convencer a nadie, para que nos idolatren, ni para pastorear ovejas que nos sigan ciegamente.
Estamos siguiendo un camino, y aquellos que se nos unen y caminan a nuestro lado un trecho, corto o largo, no son nuestros discípulos, sino nuestros iguales.
Cuando damos, recibimos otro tanto. Cuando enseñamos, aprendemos. Nuestras palabras no son la Ley, ni la Verdad, porque ley y verdad se escriben con minúsculas, y son específicas para cada instante, cada lugar, cada persona. Y cada persona debe aprender cómo actuar, en cada instante y lugar, con los datos y las habilidades de que dispone, no ceñirse a una Norma impuesta y nunca razonada.
No hay nada absoluto, porque el mundo está en perpetuo cambio. Creer que siempre tendremos razón es un grave error. Subirse a un púlpito a gritar lo buenos que somos y lo malos que son los demás es una insensatez. Utilizar las palabras como arma es un abuso intolerable.
lunes, 2 de julio de 2007
Altibajos
El esfuerzo y la constancia son importantes cuando empieza un camino espiritual. Pero también lo es tanto o más el ser capaz de volver a empezar cuando se ha perdido el norte.
No siempre podemos dedicar todo el tiempo que quisiéramos a nuestra religión. Hay muchas otras cosas que requieren nuestra atención, y muchas trabas que nos descorazonan y nos hacen detenernos en nuestro aprendizaje. Pero hay que seguir avanzando. Si dejamos de aprender, si dejamos de esforzarnos, nos estancamos, y corremos el riesgo de fanatizarnos, de idealizar la etapa en la que estamos y creernos que no necesitamos nada más.
Es normal que en cualquier camino existan altibajos, grandes descubrimientos y grandes decepciones, pero no debemos dejar que ni unos ni otras nos hagan perder el rumbo. Si caemos, podemos volver a levantarnos. Si nos abandonan las fuerzas, es bueno esperar, descansar, para retomar el camino cuando dispongamos de nuevas energías. Quizá descubramos que el camino que seguíamos no nos llevaba adonde queríamos llegar, y tomemos un camino nuevo. Pero siempre hacia adelante.
No siempre podemos dedicar todo el tiempo que quisiéramos a nuestra religión. Hay muchas otras cosas que requieren nuestra atención, y muchas trabas que nos descorazonan y nos hacen detenernos en nuestro aprendizaje. Pero hay que seguir avanzando. Si dejamos de aprender, si dejamos de esforzarnos, nos estancamos, y corremos el riesgo de fanatizarnos, de idealizar la etapa en la que estamos y creernos que no necesitamos nada más.
Es normal que en cualquier camino existan altibajos, grandes descubrimientos y grandes decepciones, pero no debemos dejar que ni unos ni otras nos hagan perder el rumbo. Si caemos, podemos volver a levantarnos. Si nos abandonan las fuerzas, es bueno esperar, descansar, para retomar el camino cuando dispongamos de nuevas energías. Quizá descubramos que el camino que seguíamos no nos llevaba adonde queríamos llegar, y tomemos un camino nuevo. Pero siempre hacia adelante.
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