viernes, 4 de junio de 2010

[En otras palabras] Pasión sin límites

Porque hay días luminosos en los que mi corazón canta y vuela, derramando alegría.

PASIÓN SIN LÍMITES

Vuela mi corazón
unido con los pájaros
y deja entre los árboles
un invisible rastro
de alegría y de sangre.

Las gotas de rocío
se helaron en las manos
abiertas y floridas
de los enamorados
perdidos en la brisa.

Vuela mi corazón,
mi corazón atado
con cadenas de estrellas
a la sombra de un árbol
atado con cadenas
y con cantos de pájaros.

José María Hinojosa

miércoles, 2 de junio de 2010

Errare humanum est (II): Arrepentimiento

Arrepentirse.

(Del lat. re, intens. y poenitēre).

1. prnl. Dicho de una persona: Sentir pesar por haber hecho o haber dejado de hacer algo.
2. prnl. Cambiar de opinión o no ser consecuente con un compromiso.
No siempre nuestros errores tienen consecuencias, y no siempre éstas tienen que ser negativas, aunque a menudo lo sean, para nosotros o para otras personas. Sin embargo, lo que hace que consideremos erróneas algunas de nuestras decisiones o comportamientos, es el hecho de que, inmediatamente o con el tiempo, nos arrepentimos.
Ni siquiera tienen que ser decisiones o acciones realmente relevantes para nuestras vidas, pero a veces la conciencia de habernos equivocado se nos queda clavada como una espinita que no nos podemos sacar. El pesar del arrepentimiento nos invade, y, a veces, nos remorderá durante mucho tiempo, siempre que recordemos nuestro error.

Y entonces tratamos de quitarle importancia, de fingir que no ha ocurrido, o, por el contrario, le damos vueltas a la cabeza, rememorando todas las posibilidades: "Si hubiera hecho esto...", "Si hubiera dicho aquello..." "¿Por qué no elegí la otra opción?" "¿Por qué no callé a tiempo?". E incluso tratamos de autojustificanos, convencernos a nosotros mismos de que no fue una equivocación, de que obramos acertadamente, o de la única manera posible.

El arrepentimiento puede paralizarnos, convertirnos en estatuas de sal que sólo saben mirar hacia atrás, incapaces de superar el dolor, la pena o la vergüenza, propia o ajena, que pudieron provocar nuestros errores. Pero también, si aprendemos a sobrellevarlo, puede ser un motor, una fuerza que nos impulse a corregir las cosas que hicimos mal, o a intentar las que nunca hicimos.
Puede servirnos para ser más listos, y más sabios, para reconocer esa piedra que una vez nos hizo tropezar, y saber esquivarla.

lunes, 31 de mayo de 2010

Errare humanum est: El derecho a equivocarse

Todos cometemos errores.
Errores insignificantes, sin apenas relevancia para nadie, y errores tremendos, con cuyas consecuencias no deseadas debemos cargar, a veces, toda la vida.
Nos equivocamos por desconocimiento sobre las circunstancias o las personas, porque nos faltan datos, porque malinterpretamos los datos que nos llegan, porque no queremos ver la realidad tal y como es, porque nos falta tiempo para reaccionar adecuadamente, porque nos fallan los nervios o nos puede el temperamento, porque hablamos sin pensar, porque callamos cuando no deberíamos, porque sobrevaloramos nuestra capacidad para afrontar los acontecimientos, o la infravaloramos...
Cometemos errores de juicio y de actuación, y no siempre tenemos la capacidad de introspección y autocrítica necesaria para ser conscientes de ello.

Pero en cambio  somos muy rápidos en distinguir los errores de los demás, puesto que podemos contemplar las situaciones en su conjunto, y llegamos a ser muy perceptivos cuando nuestras emociones y motivaciones no están directamente en juego. Incluso algunos podemos tener clarísimas intuiciones o pálpitos ante determinadas situaciones que involucran a personas a las que apreciamos. A veces, hasta podemos darnos cuenta de que alguien cercano va a cometer un error antes de que lo haga, y advertirle.
Sólo que esas advertencias y consejos normalmente caen en saco roto. Porque los humanos somos así, y la visión de otra persona, por bienintencionada e imparcial que sea, nunca es igual a la de uno mismo. Ni mucho menos tiene en cuenta todos esos factores viscerales que nos llevan la mayoría de las veces a tomar decisiones. Y todos sentimos que hay áreas de nuestra vida (y nuestro camino espiritual es una de ellas) en las que nadie, por querido que nos sea o respetada que nos parezca su opinión en general, tiene derecho a entrometerse.
Así que no debemos enfadarnos porque no nos hagan caso, ni regodearnos cuando resultemos tener razón, ni sentirnos culpables por no haber podido evitar el mal trago a la otra persona. Cada cual tiene su propia vida, y sigue su propio camino, y quién sabe si ese tropiezo no le habrá alejado del sendero por el que iba a perderse, o si aprender a superar ese fallo no será lo que le haga salir indemne de alguna dura prueba vital.

La vida no es fácil. Muchas veces la experiencia directa, los tropiezos y los golpes son la única forma de aprender. Y cometer errores la única forma de no volver a caer en ellos más adelante, cuando quizá ya no sean reparables, o de superar otras situaciones para las que de otra manera no estaríamos preparados.
Todos tenemos derecho a aprender. Todos tenemos derecho a equivocarnos.

viernes, 14 de mayo de 2010

[En otras palabras] Apunte interior

Ligera como el aire, sin rumbo y sin equipaje. No sé dónde estaré mañana... no sé siquiera dónde estoy ahora. Pero qué importa el destino cuando es tan hermoso el viaje.

APUNTE INTERIOR


Hoy mi vida no tiene peso alguno:
es un viento, menos que un viento, menos
que una raya de luz.
Ahora ninguno
puede serme oneroso.
No hay terrenos
resquemores debajo de mi alma.

Mi sangre es una roja armonía viva.
Estoy en armonía con la brasa y la calma,
con la voz amorosa y la voz vengativa.  

Parece que mis manos no existieran, parece
que mi cuerpo nadara en un agua inocente.
Como un viento desnudo de mi corazón se mece
y hace sonar campanadas dulcemente.

Jorge Debravo

lunes, 10 de mayo de 2010

Semillas al viento


Los vientos del cambio soplan con fuerza, haciéndome volar, esparciendo mis pequeñas semillas hasta lejanas tierras fértiles que no puedo ni empezar a imaginar. Quién sabe dónde brotarán mis flores.

viernes, 7 de mayo de 2010

[En otras palabras] Reminiscencia

Por esas palabras que no esperaba escuchar, y sin embargo sonaron con el tono de un antiguo eco...

REMINISCENCIA

Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.

Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.

Meira Delmar

lunes, 3 de mayo de 2010

Las ideas y las acciones (II): Heurísticos

Solemos pensar que somos personas lógicas, que tomamos decisiones racionales en la mayoría de los casos. Que antes de optar por una opción, o de darle una explicación a un hecho o a un comportamiento, sopesamos las alternativas y elegimos la más adecuada. Pero es mentira.

Los humanos no somos máquinas, no contemplamos todas las múltiples alternativas existentes ni le otorgamos el mismo valor a todas las explicaciones posibles. No estamos preparados para tener en cuenta la infinidad de factores que pueden estar influyendo en un momento dado, ni podríamos hacerlo sin que el proceso de razonar se volviera lento e ineficaz.

Así que usamos heurísticos.

Pero estos "atajos mentales" no nacen en el vacío. Dependen de nuestra cultura, de nuestra educación, de nuestra experiencia. Todo el tiempo tomamos decisiones basadas en datos que no tenían por qué ser correctos cuando los interiorizamos, o que pueden haber dejado de ser correctos con el tiempo. Y si no somos conscientes de ello, es fácil optar por la solución equivocada, o no llegar siquiera a percibir los nuevos datos que contradicen nuestra idea previa, de forma que habrán cursos de acción que no nos plantearemos como posibles, cuando podrían ser los más adecuados.

Tener una mente abierta no consiste en aceptar cualquier idea que nos propongan, sino en luchar contra nuestros propios heurísticos y examinar todas las posibilidades, incluso aquellas que van en contra de nuestras creencias e ideologías, pero especialmente aquellas que, por ir en su favor, nos gustan nada más conocerlas, puesto que eso significa que estamos predispuestos a aceptarlas, no por su valor o fiabilidad intrínsecos, sino porque encajan cómodamente con lo que ya tenemos interiorizado y no requieren esfuerzo a la hora de ponerlas en práctica.

Actuar conforme a lo que dicte la conciencia requiere primero de un examen de esa misma conciencia, que nos dé garantías de que no tratamos de esconder nuestros prejuicios o de evitar cambiar nuestra cómoda estructura mental, escudándonos en valores que asumimos como propios sólo porque justifican lo que deseamos.