viernes, 19 de marzo de 2010

[En otras palabras] Trilce

Porque a veces parece que estoy corriendo hasta agotarme tratando de llegar hasta un lugar que se escapa como el agua entre los dedos....

TRILCE

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Está?— No; su hermana.

—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

César Vallejo

lunes, 15 de marzo de 2010

Humanos

Somos humanos, estamos vivos, algún día (probablemente antes de lo que nos gustaría) estaremos muertos. Y, mientras tanto, dependemos de lo que nos rodea para seguir viviendo. Dependemos de la naturaleza, de los limitados recursos que podamos obtener, de la sociedad, de los conocimientos transmitidos por otros humanos a lo largo de los milenios y de los que podamos adquirir por nosotros mismos en el corto tiempo que nos ha tocado vivir. Podemos progresar, podemos aprender, podemos pasar el testigo a la siguiente generación, dándoles mejores oportunidades para salir adelante. Pero no podemos cambiar lo que somos. Seres mortales. Seres que tienen en este planeta el único hogar en el que desarrollar sus siempre demasiado breves existencias. Podremos ser tan diferentes como la genética, la geografía, la historia y la cultura nos hayan hecho. Pero en el fondo somos todos iguales. Humanos, al fin y al cabo. Criaturas vivientes, dependientes del entorno, que más temprano que tarde exhalarán su último aliento.

Nuestras raíces son las mismas, todos los seres humanos tenemos similares miedos y esperanzas. Vivimos bajo el mismo sol, vemos crecer y menguar la misma luna. Nos sentimos revivir con las primeras flores de la primavera, nos alimentamos de los frutos de la cosecha, nos aletargamos cuando bajan las temperaturas. Pasamos hambre, sed, calor, frío, el agua nos moja y el fuego nos quema. Somos hermanos, todos, en más de un sentido. Porque provenimos de los mismos ancestros, porque estamos íntimamente ligados a la misma Tierra. Porque nacemos todos igual de indefensos, y todos igualmente morimos.

Podemos levantar entre nosotros los muros que queramos, inventar las historias y agravios que queramos, señalar con el dedo, acusar cuanto queramos. Los múltiples intentos de hacer clasificaciones, distinciones entre unas personas y otras tomando en consideración su sexo, su religión, su cultura o el color de su piel no son más que una forma de engañarnos y controlarnos, dándole más importancia de la que tienen a detalles que son insignificantes. Que pueden maquillar, pero no ocultar, la evidencia de que, en lo esencial, nada nos separa.

lunes, 8 de marzo de 2010

[Música] Music for found harmonium - Walk, don't run

Terrafolk es un grupo esloveno de folk (evidentemente) balcánico, a cuyo estilo me enganché hace unos meses. Aparte de sus propias composiciones, hacen estupendas versiones que, a mi juicio, llegan a superar el original.

Ésta que os traigo es una mezcla de dos canciones que ya tienen algún tiempo: Una del 82, Music for a found harmonium, de la Penguin Cafe Orchestra, y la otra, Walk, don't run, es un tema de 1955, compuesto por un tal Johnny Smith, que se hizo famoso en la versión que The Ventures grabaron en los 60 (y que Penguin Cafe Orchestra también versionó posteriormente).

De alguna extraña manera, la combinación de ambas canciones consigue dar la impresión de un inevitable orden surgiendo del caos, como un brillante sol que aparece entre las nubes. Cuando la escucho, algo me impulsa a dar vueltas y vueltas, me vienen a la mente imágenes de prados verdes y agua que corre, y tengo la sensación de cierta savia nueva corriendo por mis venas. Es una música que siempre me hace pensar en la primavera.


viernes, 5 de marzo de 2010

[En otras palabras] Detrás de aquella puerta

Porque cada elección que hice me ha traído a donde estoy, y no me arrepiento de la dirección que tomé en ninguna encrucijada. Porque sé que el camino que he decidido seguir hubiera llegado a mí de cualquier manera, y no deseo retroceder ni un sólo paso.

DETRÁS DE AQUELLA PUERTA

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,
aquella que no abriste
y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de todo tu destino.
Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,
pero tiene el color de la inclemencia
y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.
Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el oído contra el oído de tu ayer,
acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las cenizas del adiós,
acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del mismo sueño
y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.
Es tan sólo un engaño,
una fabulación del viento entre los intersticios de una historia baldía,
refracciones falaces que surgen del olvido cuando lo roza la nostalgia.
Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;
no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la ausencia.
No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo
—cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo el mundo—
descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un nombre confuso la consigna.
¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,
la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda la partida?
No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,
con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;
no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y exilios,
porque también, también serán un día el muro y la añoranza.
Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.
Si consigues pasar,
encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que elegiste.

Olga Orozco

lunes, 1 de marzo de 2010

Tormentas

A veces hace falta que la lluvia lave la tierra, e incluso que se desborden los diques y surjan torrentes que arrastren todas esas cosas superfluas que vamos acumulando en nuestro interior. Que el agua nutra nuestros campos, aunque los anegue. Que el frío nos haga refugiarnos, para que nos tomemos tiempo para reposar.

Hay tormentas que son necesarias para limpiar la atmósfera enrarecida y enseñarnos en qué terrenos no vale la pena construir. Para que, cuando salga el sol, sepamos apreciar su calor.

viernes, 5 de febrero de 2010

[En otras palabras] El recuerdo

Atesorando momentos llenos de luz para fabricar nuevos recuerdos a cuál más precioso, cambiando rayos de luna por risas y sorpresas. Cuántas manos tendidas, cuánto calor... el aire mismo rebosa de alegría.

EL RECUERDO

Este día con aire de paloma
será después recuerdo.

Me llenaré de él
como de vino un ánfora,
para beberlo a sorbos cuando quiera
recuperar su aroma.

Antes que vuele hacia el ocaso, antes
de ver cómo se pierde entre la noche.
Meira Delmar

PD: Voy a pasar unos días en todas partes y en ninguna, el lugar es lo de menos cuando se está en tan buena compañía. Ya os contaré cuando vuelva... ;)

lunes, 1 de febrero de 2010

La vida y la memoria

Vivimos con prisa. Lo hacemos todo a la carrera, como si cada segundo no ocupado fuera un segundo malgastado. Hacemos como mínimo dos o tres cosas a la vez, o nos parece que estamos "perdiendo el tiempo". Trabajamos deseando que se acabe la jornada para salir a escape, y entonces corremos de un lado a otro, siempre haciendo cosas, siempre ocupados. Aprovechamos los trayectos del metro o del bus para mandar mensajes o jugar con el móvil. Aprovechamos el mero hecho de caminar por la calle para escuchar música en el mp3. Aprovechamos que tenemos que sentarnos a comer para ver la tele, o que estamos en el salón viendo la tele para hablar con la familia. Y cuando llega el fin de semana y quedamos con nuestros amigos, tenemos que ir de bares, o al cine, o a cenar a un sitio nuevo, o de compras, o lo que sea; siempre una actividad como excusa en lugar de limitarnos a estar juntos, sin obligaciones, y disfrutar de nuestra mutua compañía.

Y sin embargo, a pesar de todo este ajetreo, a la larga nuestros días se nos hacen monótonos, todo es repetivivo, y ya no recordamos si fue anteayer o el día anterior cuando nos encargaron esa tarea, o si vimos a Fulanito el lunes o el martes. Los momentos se mezclan, las experiencias repetidas se confunden, la memoria se enturbia y nos juega malas pasadas. Normalmente no relacionamos una cosa con otra, pero tienen mucho que ver.

Cuando apreciamos realmente los momentos vividos, por sí mismos, éstos adquieren un brillo especial. Cada amanecer tiene una belleza diferente, cada comida un sabor particular. Los encuentros con las personas y las conversaciones que no están llenas de lugares comunes nos aportan cosas nuevas cada vez, aunque hablemos de los mismos temas. Y esos momentos, todos distintos, todos únicos, se nos quedan en la memoria, y se encadenan unos con otros, de manera que cuando escuchamos de verdad esa canción o volvemos a percibir ese aroma, nos acordamos de cada uno de ellos... incluso cuando con el paso del tiempo los detalles menores empiezan a difuminarse, la sensación no desaparece, y enriquece cada momento posterior.

Quizá deberíamos quejarnos menos de nuestros olvidos, y empezar a hacer de cada día algo digno de recordar.