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miércoles, 21 de marzo de 2012

[Música] Dance of the Satyrs


La savia nueva brota pujante, la sangre bulle en las venas, la vida estalla y las flores se abren, en el campo y en los corazones.
Dancemos, dancemos, hasta quedar sin aliento. Corramos, saltemos, gocemos, paladeemos la nueva tibieza de la luz del sol.
¡Dejémonos invadir de primavera!



La canción es la "Danza de los sátiros" de Daemonia Nymphe. Ya os hablaré de este grupo, y de otros que he descubierto en mi largo peregrinar por las sombras. De momento, simplemente disfrutadlo, dejad que vuestro cuerpo siga el ritmo al que la naturaleza le llama...

¡Feliz equinoccio a todos!

miércoles, 13 de abril de 2011

Silvestre


Estamos acostumbrados a los ramos, las macetas, los jardines, los arbustos y los parterres. A rosas, claveles, lirios, crisantemos... Pero hay otra belleza que se muestra en las plantas silvestres que logran abrir sus flores cada año, aprovechando cada gota de lluvia, cada rayo de sol. Una belleza que va más allá de los ojos, que le habla a nuestro corazón de fuerza y de tesón, de los ritmos naturales, de la vida que late en el vientre de nuestra Madre Tierra, esperando su momento.






Porque las flores que brotan espontáneamente, esos pequeños destellos de luz y color entre el pasto, o incluso en las cunetas o en los rincones abandonados, son un regalo de la primavera que nos conecta con nuestra propia savia nueva, y nos recuerda que es el momento de que también nuestras propias semillas extiendan sus brotes hacia el sol..

viernes, 24 de diciembre de 2010

La Rueda del Año

A veces pensamos que damos vueltas en círculos, sin percatarnos de que se puede avanzar hacia adelante en espiral... cada vuelta nos conecta con la anterior, pero nos lleva un poco más lejos.









Que paséis unas felices fiestas como mejor os apetezca celebrarlas.

Fotos tomadas en cada sabbat de este año que termina.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Visiones de otoño

Crecí en una tierra seca, de matorrales y arbustos, árboles escasos y de hoja perenne. Supongo que por eso pocas cosas me resultan más hermosas que el monte, verde y ocre, al comienzo del otoño.
El bosque bajo la lluvia, y el cerco cada vez más estrecho de la niebla. Las luces, las sombras, los colores... pocas veces tenemos la oportunidad de estar en un lugar en el momento adecuado para apreciarlo en su máximo esplendor, pero cuando sucede, es un regalo inolvidable.










Fotos tomadas en el Puerto de Herrera (Álava), el 11 de octubre.

lunes, 16 de agosto de 2010

Frutos de la cosecha

Junto a mi puerta, al lado del rosal, hay una parra. El año pasado descubrí que producía uvas negras cuando ya era tarde para recolectarlas, casi todas se secaron, y los lagartos, pájaros y hormigas se alimentaron con el resto, como sin duda llevarían haciendo desde mucho antes de que yo llegara. Este año cuidé y regué la planta desde que empezó la primavera, y protegí los racimos, que crecieron hermosos y en gran cantidad. La semana pasada recolecté la mayoría de ellos, dejando unos cuantos para que los animales puedan comer.
En la ladera de enfrente, por donde suelo salir a pasear, crecen varias higueras salvajes, que con los calores del verano se han llenado de gordos y dulces higos, muchos más de los que puedo comer, e incluso regalar. Ayer recogí parte de los frutos, con la intención de hacer mermelada para el invierno.






Muchas veces plantamos semillas casi sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo. Sembramos palabras y consejos en la mente de otros, realizamos acciones que se quedan enterradas largo tiempo hasta que las circunstancias son las adecuadas para que germinen. Cada uno de esos frutos es un regalo inesperado, pero no debemos olvidar que sigue siendo la consecuencia de nuestras propias causas, que no se nos entrega porque sí, y que, si bien podemos recolectarlo y disfrutarlo, es necesario que algunos frutos sigan en las ramas para que, al caer a tierra y pudrirse, produzcan nuevas semillas que, quién sabe cómo y cuándo, nos aportarán también dulces cosechas.

lunes, 22 de marzo de 2010

Las primeras flores

El invierno ha sido tan largo como fue el verano, e igualmente intenso, pero ya empiezan a brotar las flores. Éstos son sólo los primeros colores de la primavera. Tuve que esperar hasta el mismo día del equinoccio y andar mucho para encontrar las suficientes como para poder llevarme algunas. Pero el sol ya ha teñido el valle de verde brillante, y, poco a poco, más flores van saliendo a la luz para llenarme los ojos de alegría.




Sé que el invierno nunca dura para siempre, y que las tormentas, al tiempo que arrastran, nutren semillas ocultas. Pronto a muchas más cosas les llegará el tiempo de florecer y mostrar colores nunca vistos.

lunes, 1 de marzo de 2010

Tormentas

A veces hace falta que la lluvia lave la tierra, e incluso que se desborden los diques y surjan torrentes que arrastren todas esas cosas superfluas que vamos acumulando en nuestro interior. Que el agua nutra nuestros campos, aunque los anegue. Que el frío nos haga refugiarnos, para que nos tomemos tiempo para reposar.

Hay tormentas que son necesarias para limpiar la atmósfera enrarecida y enseñarnos en qué terrenos no vale la pena construir. Para que, cuando salga el sol, sepamos apreciar su calor.

lunes, 21 de diciembre de 2009

La larga noche

El sol siempre vuelve a salir, por profunda que sea la oscuridad. Cada mañana el amanecer nos traerá luz, calor, y un nuevo día lleno de posibilidades. Todos lo sabemos... al menos, ahora lo sabemos.

Pero retrocedamos por un momento a hace tres mil, cuatro mil años. Cuando nada se sabía de física, y muy poco de biología. Cuando la noche estaba llena de terrores, y no era el menor de ellos el miedo a que la oscuridad no acabase nunca y el frío reinase para siempre. Cuando un invierno demasiado largo significaba hambre, miseria y muerte.
Es mirando con esos ojos con los que comprenderemos de verdad el poder del sol, la importancia de la luz, la belleza y la esperanza que llegan con el amanecer.

Hoy enciendo la llama en el ocaso y la mantengo ardiendo hasta el alba, sabiendo exactamente a qué hora llegará, y sabiendo que cada día a partir de ahora las horas de luz irán aumentando, y disminuyendo las de oscuridad. Porque hoy sé de la inclinación del eje terrestre, y conozco la existencia del movimiento de traslación que sigue el planeta alrededor del sol.

Pero, ajeno a todo eso, el fuego arde, como ardía hace miles de años, ahuyentando mis temores, y alimentando mis esperanzas. Enseñándome de otra manera, inculcándome con un convencimiento más emocional que racional, la certeza de que mañana volverá a salir el sol.


¡Feliz solsticio a todos!

jueves, 29 de octubre de 2009

Noche de muertos

El rayo centelleó e incendio los bosques. Un hombre-mono tomó a la carrera una rama ardiendo y la clavó en unas fauces de dientes afilados. El tigre aulló de dolor y escapó. El hombre-mono, con un resoplido triunfal, arrojó la rama llameante a un montón de hojas otoñales acumuladas en la caverna. Otros hombres se acercaron a calentarse las manos al fuego, riéndose de la noche donde acechaban los ojos amarillos de las bestias, atemorizadas.

–¿Veis, muchachos? –Las llamas se reflejaban, inquietas, en el rostro de Mortajosario.– Los días del Largo Frío han concluido. Gracias a este valiente, a este hombre que piensa por primera vez, el estío habita en la caverna del invierno.

–Pero –dijo Tom– ¿qué tiene que ver esto con el Día de los Muertos?

–¿Qué tiene que ver? Bueno, por mis huesos, todo. Cuando tú y tus amigos os morís todos los días, no hay tiempo para pensar en la Muerte ¿verdad? Sólo tiempo para correr. Pero cuando ya por último dejáis de correr... -Tocó los muros.

Los hombres-monos quedaron paralizados en mitad de un movimiento.

–...ahora tenéis tiempo de pensar de dónde venís, adonde vais. Y el fuego alumbra el camino, muchachos. El fuego y el relámpago. Los luceros que brillan al alba. Un fuego protector en vuestra propia caverna. Sólo a la luz de las hogueras nocturnas pudo por fin el cavernícola, el hombre-bestia, ensartar pensamientos en una vara y ponerlos al fuego aderezándolos con un zumo de inquietud. El sol moría en el cielo. El invierno llegaba como una gran bestia blanca, sacudiendo la pelambre, y enterraba al sol. ¿Regresaría alguna vez la primavera?

¿Renacería el sol con el nuevo año o seguiría muerto? Los egipcios se lo preguntaron. Los cavernícolas se lo preguntaron un millón de años antes. ¿Saldrá el sol mañana cuando amanezca?

–¿Y es ese el origen de la Noche de las Brujas?

–Esas largas meditaciones nocturnas, muchachos. Y siempre allí, en el centro, el fuego. El sol. El sol sucumbiendo para siempre bajo el cielo frío, aterrorizando al hombre primitivo. Aquella era la Gran Muerte. Si el sol desaparecía para siempre, entonces ¿qué?

Y a mediados del otoño, mientras todo moría, los hombres-monos se agitaban en sueños, recordaban a los muertos del año anterior. Los espectros llamaban desde dentro de las cabezas. Recuerdos, eso son los espectros, pero los hombres-monos no lo sabían. Detrás de los párpados, en las horas tardías de la noche, aparecían los espectros de la memoria, saludaban, bailaban, y entonces los hombres-monos despertaban, echaban ramitas al fuego, lloraban, se estremecían. Podían ahuyentar a los lobos, pero no a los recuerdos, no a los fantasmas. Entonces se acurrucaban, rezaban pidiendo que llegase la primavera, vigilaban el fuego, agradecían a dioses invisibles las cosechas de frutos y bayas.

¡Noche de Brujas, en verdad! Hace un millón de años, en el otoño, en una caverna, con las cabezas pobladas de fantasmas, y el sol perdido.

Ray Bradbury, El árbol de las brujas


Todos tenemos fantasmas en la mente, temores personales en los que no solemos pensar durante el día, pero que a veces nos asaltan en la oscuridad. Miedos que tratamos de erradicar de nuestras vidas, de olvidarlos, borrarlos como si fuesen meras pesadillas que se evaporan con la luz de la mañana.
Huimos de nuestros temores, y así se vuelven más ominosos. Tratamos de no pensar en nada malo, de "no comernos el coco", llenando cada minuto con luces, colores, música, imágenes en movimiento, compañía o multitud, tareas, actividades. Huimos de la calma y del interior de nuestra propia mente, porque tememos lo que puede aguardarnos allí. Y mientras más nos empeñamos en negar lo desagradable, más miedo nos produce el recordar, de repente, su existencia.

Porque la vida es así. El dolor existe, la muerte llega, los accidentes ocurren, las cosas malan pasan, sin más. Y no podemos evitarlo todo. Podemos protegernos, pero nunca podremos estar totalmente a salvo. Y cuando algo malo se acerca, o cuando se ha instalado en nuestra vida, negar su existencia, como niños que cierran los ojos pensando que así nadie les verá, no sirve de nada.
Creemos que no pensar en las cosas que nos asustan las alejará de nosotros, cuando lo único que conseguimos es no estar preparados para el día en que, indefectiblemente, llegarán.

Los pueblos antiguos lo sabían. Temían, a grandes rasgos, las mismas cosas que hoy tememos nosotros: la enfermedad, el hambre, la guerra, los desastres naturales, el frío, el dolor, la muerte... pero ellos sabían que todas esas cosas formaban parte de la vida. Hacían plegarias para que se mantuvieran lejos, pero sabían que vivían bajo su sombra y que tarde o temprano tendrían que enfrentarlos.

Tomemos un momento en esta fiesta de Samhain para reflexionar sobre nuestros temores. Para tomar conciencia y asumir que siempre habrá cosas que no podremos controlar. Para tratar de conocer la oscuridad y de convertir el miedo irracional en prudente respeto. Para recordarnos que el sol siempre vuelve a salir, pero para ver la luz primero hay que atravesar la noche.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Ritmos y ciclos

Hace algún tiempo escribía sobre la necesidad de conectar con los ciclos naturales en nuestro propio entorno, teniendo en cuenta las características geográficas y climáticas de la zona en que vivimos, celebrando los cambios en la naturaleza y la energía del momento en lugar de las fechas del calendario.

En aquel momento pasé por alto la relevancia de otra variable, y es que no sólo el lugar y el momento son importantes, sino también, y mucho, la forma en que los percibimos. Cada persona tiene también sus propios ritmos naturales: ritmos ultradianos, circadianos, infradianos, circalunares, circanuales... y de ellos dependerá gran parte de nuestra adaptación al ambiente.

Hay personas trasnochadoras que están más activas en las horas nocturnas, y personas madrugadoras que abren los ojos llenos de energía con la primera luz del día. Hay personas que son especialmente sensibles a los cambios de luz, y a las que los días cortos del invierno les provocan una melancolía que no saben justificar. Hay otras a las que el calor del verano les causa un agobio y un estado de ánimo irritable que sólo se apaciguan cuando descienden las temperaturas. Hay quien florece con la primavera, como las rosas, y quien cobra vida con las primeras lluvias del otoño, como las setas.

Para conectar con el ciclo natural, debemos conocer a fondo primero con nuestro propio ritmo, saber cuándo estamos más despiertos o más atentos, cuándo el cuerpo nos pide actividad y cuándo nos pide reposo. No tiene sentido realizar rituales que requieren concentración cuando estamos dispersos y agotados, o meditaciones que requieren calma cuando estamos nerviosos e irritados.
Sincronizarnos con nuestro propio reloj y calendario interno es necesario para poder ponerlo en fecha y hora con lo que ocurre a nuestro alrededor.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Otoño al fin


Ayer comenzó aquí la lluvia. El aire refresca de verdad, las gotas resbalan por los cristales del ventanal y repiquetean en las planchas. El viento sopla trayendo otro tipo de promesas, tenues susurros de aliento, el leve eco de tantas palabras... Apenas he recogido la cosecha y ya debo seguir sembrando, plantando más y más semillas, confiando en tener la fuerza para ayudarlas a madurar a tiempo. Aún queda mucho por hacer.

Pero hoy huele a tierra mojada, el otoño se siente en el aire, y eso me reconforta.
El cielo y el corazón necesitan, después del fuego del verano, un vendaval que pase de parte a parte y se lleve el polvo acumulado.

¡Feliz Equinoccio a todos!


Foto montada a partir de varias tomas hechas en uno de tantos rincones mágicos del Monte de las Mercedes

lunes, 24 de agosto de 2009

Una luna

Una luna. Ése es el tiempo que media entre estas dos imágenes. Un mes que para mí ha estado colmado de experiencias, sensaciones, y hasta algún descubrimiento inesperado. Ha pasado una luna, y vuelvo al punto de partida. Miro arriba, y en apariencia nada ha cambiado.

Y entonces vuelvo a mirar, un poco más allá de esa apariencia. Y descubro que los días se han acortado casi imperceptiblemente. Que, a la misma hora, el cielo está un poco más oscuro. Que la luna está un poco más crecida, y se pone un poco más tarde, y un poco más hacia el Sur. Que el aire está un poco más fresco. Que, en definitiva, de poco en poco, el verano se acerca a su fin.

Y me doy cuenta de que esos pequeños cambios cotidianos, graduales, prácticamente inapreciables mirados día a día, son a veces los que, a la larga, más nos marcan.

Fotos sacadas, aproximadamente a la misma hora, el 24 de julio y 24 de agosto respectivamente.


PD: Veréis también un par de cambios por aquí, no muy llamativos.
El más relevante es un widget de entradas relacionadas por si a alguien le interesa ir picoteando.
He añadido, además, un par de enlaces nuevos: Uno al magnífico blog La Experiencia Tarot, que os recomiendo efusivamente; en él encontraréis información sobre tarots y adivinación, pero también sobre historia, esoterismo y curiosidades, todo tratado con conocimiento y desde un punto de vista serio y racional nada habitual. Y otro al webcomic Nymphs, de Fadri, que trata sobre unas graciosas ninfas elementales de lo más arquetípicas, con colorido, ternura y mucho humor (sí, me gusta sacar a pasear a mi niña interior de vez en cuando).
Espero que lo disfrutéis, y gracias por estar ahí.

miércoles, 1 de julio de 2009

[Técnicas] Sintiendo el calor

Ahora que ha llegado el verano y en muchos lugares estamos agobiados por el calor y tratando de huir de él con aires acondicionados y cosas similares, no es mala idea integrarnos de lleno en el ritmo natural, aunque sea por un momento.

No se trata de que nos dé una insolación, sino de tomar consciencia de la energía solar y cómo afecta a la tierra y a nosotros mismos.

En primer lugar, e importantísimo: Para realizar este ejercicio hay que protegerse convenientemente. Protector solar, una gorra o sombrero y agua a mano son imprescindibles si vamos a pasar un buen rato bajo el sol, especialmente si, como ocurre a menudo al meditar, podemos perder la noción del tiempo. Si tienes tendencia a amodorrarte o dormirte bajo el sol, programa algún tipo de alarma, o que te acompañe otra persona. No queremos que la consciencia del poder del sol nos llegue en forma de quemaduras, ¿no?

Una vez hayamos preparado todo, buscamos un lugar al aire libre donde el sol dé con fuerza. Puede ser en la playa, en un claro del bosque, o en cualquier sitio tranquilo que no esté cubierto de asfalto.
Nos sentamos en el suelo, respiramos lentamente, y nos relajamos. Cerramos los ojos (no queremos tampoco quemaduras en las retinas) y alzamos el rostro hacia el sol. Dejamos que su luz nos bañe, y sentimos cómo el calor llena nuestro cuerpo. Reflexionamos un momento sobre la luz del sol y el calor: de dónde vienen, su influencia en todo lo que nos rodea, lo necesarios que son para la vida...

Cuando seamos totalmente conscientes de estas cosas, cambiamos el objeto de nuestra percepción. Podemos introducir las manos en la arena o tierra, tumbarnos sobre el suelo, o simplemente seguir en la misma posición, pero ahora nos centramos en el entorno que nos rodea. Nos damos cuenta de que el calor no sólo nos llega desde arriba. El sol calienta la atmósfera y la tierra, y éstos distribuyen y reflejan su energía. Sentimos la calidez del aire a nuestro alrededor, y las oleadas de calor que suben desde el suelo. Reflexionamos sobre el ciclo completo, cómo la tierra y los océanos absorben calor durante el día y lo liberan lentamente cuando se pone el sol, lo necesario que es que los elementos trabajen en armonía. 

Luego podemos concentrarnos en meditar sobre el ciclo de las estaciones, o quizá, si tenemos algún problema o nuestra mente está confusa acerca de algo, permitir que la luz del sol nos ilumine también por dentro, para ver las cosas a plena luz, eliminar los pensamientos que nos nublan la percepción y aclarar nuestras ideas.

Una vez hayamos terminado de sentir el calor del sol y del entorno, damos gracias por lo que al experiencia nos haya aportado, bebemos un buen trago de agua, disfrutando de su frescor, y nos levantamos, lentamente, para prevenir posibles mareos. Si estamos en la playa, podemos darnos un baño, o si no, echarnos un poco de agua por la cara y los brazos, o buscar una sombra densa para apreciar el contraste.

miércoles, 24 de junio de 2009

[Música] Here comes the sun

Ya está aquí el verano (aunque este año el calor haya llegado temprano), y vale la pena regocijarse, aunque sea sólo un momento, en la alegría y la fuerza que el sol puede aportarnos.

Y para ello quiero compartir hoy esta preciosa canción de los Beatles, escrita por George Harrison hace ahora 40 años, y que desde entonces ha sido versionada por decenas de autores, sin que haya perdido ni un ápice de su capacidad para arrancarnos una sonrisa esperanzada.

Y, de propina, aquí está con la letra.

Yo ya tengo ganas de cantarla a voz en cuello y repetirlo como un mantra... Sol, sol, sol, viene el sol... 

lunes, 22 de junio de 2009

En la orilla


Entre la tierra y el mar, el fuego y la brisa.
Disfrutando el apogeo del sol, sin perder de vista que la plenitud marca el inicio del declive.

¡Feliz Solsticio a todos!

lunes, 8 de junio de 2009

La primera cosecha

Una de las cosas que la mayoría de los paganos tenemos en común, es que tratamos de vivir de acuerdo con los ciclos naturales.

Sin embargo, muchas veces tenemos una idea demasiado superficial de estos ciclos, y se nos olvida una cosa muy importante: que no son siempre idénticos. De un punto geográfico a otro, a veces incluso aunque estén relativamente próximos, hay diferencias de situación y de clima (nubosidad, corrientes, horas de sol...)  que hacen que el ritmo natural tenga variaciones, y que las fechas en la que se producen determinados procesos y/o fenómenos no sean las mismas.
Cuando investigamos de manera académica sobre una espiritualidad tan ligada a la tierra como son los diferentes senderos del paganismo, corremos el riesgo de centrarnos en los datos y olvidar, perdiendo de vista el conjunto, que esos datos fueron recopilados en un momento y lugar específicos, y que pueden no ser completamente extrapolables a nuestra situación geográfica, cultural o individual.

El deshielo no llega al mismo tiempo a toda Europa. Hay países que tienen un invierno más largo, países en los que apenas dura unas semanas, y zonas que ni siquiera tienen algo que merezca llamarse invierno. El tiempo que las semillas toman para germinar no será igual en un área seca que en una rica en lluvias. La época en que el mar adquiere una temperatura tolerable para el baño varía muchísimo de zona de una costa a otra, no hablemos ya de si se trata del Mediterráneo o el Atlántico.

Y cada año, además, es diferente. Los hay más cálidos, más fríos, de nieve abundante y de sequía, de temperaturas extremas y estaciones suaves. Hacer las cosas mirando el calendario, porque se supone que deben hacerse en una fecha exacta, puede ser muy impreciso, y hasta contraproducente. Si realmente queremos conectar con los ciclos vitales, salgamos afuera, y contemplemos la naturaleza. Incluso en una gran ciudad hay plantas, árboles, animales... que pueden darnos pistas, pero no es tan difícil salir de vez en cuando de entre los edificios, y buscar un lugar donde observar.

Para encontrarse con la naturaleza, con la vida, no hace falta ir a un lugar idílico y perfecto donde el sol brille, el cielo sea prístinamente azul, los riachuelos murmuren y los pájaros canten. Basta con apartarnos un poco de nuestro camino, ir a algún parque o a las afueras, y sentir lo que está pasando: si la tierra bulle de vida o si está recogida en reposo, si las plantas se visten de colores o dejan caer sus hojas, si la hierba a los costados del camino verdea intensamente o está ya agostada por el calor.

Hoy, para mí, ha llegado la primera cosecha. ¿Ya tenéis vosotros algún campo listo para recoger?

lunes, 11 de mayo de 2009

El color de las rosas

Rosadas.

Resultaron ser rosadas, pero en realidad, eso es sólo una palabra. Cada mañana, las rosas junto a mi puerta me han mostrado una nueva tonalidad, una manera distinta de reflejar la luz.

Y me han enseñado también paciencia y admiración, aprecio y respeto por el cambio, por el paso del tiempo, que todo lo transforma.

Esas rosas ya se marchitaron, pero en el mismo rosal cada mañana empiezan a abrirse nuevas flores. Y eso es otra cosa que, ahora, no me cuesta recordar.


Fotos tomadas a lo largo del mes de abril

lunes, 4 de mayo de 2009

Ofrenda floral


Tejiendo vidas, experiencias y conocimientos diferentes, convirtiendo la diversidad en aprendizaje.

Ver, conocer, aprender, vivir... La ofrenda de este Beltane no está tanto en las flores silvestres, como en lo que representan. El color de la vida se encuentra muchas veces donde no lo esperas.


Fotos tomadas en la explanada de la ermita de San Mauro en Puntagorda, La Palma, el 30 de abril

sábado, 11 de abril de 2009

[Yo y mis circunstancias] A la espera

Frente a mi ventana, los surcos se han vestido de hojas verdes. El sol y la llovizna se alternan varias veces al día. Más allá de las calles, el trigo empieza a madurar y el viento lo agita en ondas verdes y doradas que llenan los ojos de luz.
Yo sigo mirando por la ventana, leyendo y reflexionando. Aprendiendo sobre cosas que ya sabía y sobre otras en las que nunca pensé.
Junto a mi puerta hay un rosal que aún no ha florecido. A veces me acerco a mirarlo, y me pregunto de qué color serán las flores cuando se abran. Y pienso que esa pregunta es un regalo en sí misma.

No olvido. Sólo espero.


Espero poder volver para contaros el final de la historia, cuando florezcan las rosas.

viernes, 27 de febrero de 2009

Labranza




Parece que las cosas van más lentas incluso de lo que me había imaginado. Lamento este parón tan largo, pero a veces el ritmo de los acontecimientos no depende de nosotros.

Mientras tanto, hay mucho en que pensar, mucho que preparar, para que los nuevos proyectos puedan ser sembrados. Para poder cosechar los frutos, es preciso primero arar la tierra.

Volveré en cuanto las circunstancias me lo permitan. Hasta entonces, seguiré preparando el terreno en el que arraigarán nuevas palabras.

Foto tomada desde la ventana de mi nueva casa, el 24/02/2009.  Hay mucho que mirar.