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miércoles, 16 de mayo de 2012

[Yo y mis circunstancias]
El aprendizaje inesperado

Nunca sabes dónde va a aparecer una historia, un ejemplo o una lección que te arreglará el día o incluso te cambiará la vida.
El conocimiento tiene una naturaleza fractal. En los límites de lo que sabes, en el interior de lo que crees conocer, hay pequeños huecos que, de cerca, resultan ser gigantescos océanos de ignorancia, donde caben universos enteros.
La más inocente de las preguntas, la más pequeña de las dudas, puede abrirte la puerta a un inmenso abismo inabarcable, al que sólo puedes acercarte de pasito en pasito, siguiendo un fino hilo que se agita entre tus dedos como si estuviera vivo, y te transporta de un tema al otro, del pasado al presente, de una a punta a otra del planeta y a saltos por ignotos puntos de la galaxia.

Aprender no es una cuestión de sentarte en un aula, un salón, o a los pies de un gurú, a que te marquen un temario y unos ejercicios, y te evalúen después. Puedes pasarte la vida estudiando sin que nada de lo que ves o te cuentan cale realmente en tu interior.
Y sin embargo, cuando sigues tu propio camino, y renuncias a pisar en las huellas de otros, o lo haces durante un tramo pero desviándote hacia otro sendero cuando encuentras un nuevo rastro, aunque sean unos pies desnudos o unas pezuñas hendidas... lo que encuentras te marca de verdad, pasa a formar parte de tí, quizá porque lo has encontrado cuando debías toparte con ello, porque tu camino tenía que llevarte hasta ahí, necesariamente, o quizá porque al estar respondiendo a una pregunta que es tuya y sólo tuya, una pregunta que surge de otra, y que te llevará hacia otra más, se convierte en la pieza de un puzle cuyo sentido es mayor y va más allá del dato anecdótico. Y la imagen que forme ese puzle, con el tiempo, resultará a su vez ser parte de una imagen aún mayor, y la suma de todas ellas, de todo tu conocimiento aprendido y vivido (quizá aprendido justamente a través de haberlo vivido, respirado, trabajado, acariciado, incluso sangrado...), será tu memoria, y parte de tu identidad.

En este último año, he aprendido muchas cosas. La mayoría de ellas, como de costumbre, donde y cuando no lo esperaba. Y, como consecuencia, he cambiado. Sigo andando mi propio camino, y sigue siendo ese camino agreste y empinado que tan duro resulta de recorrer y tantas satisfacciones y buenas compañías me ha brindado. Pero mi forma de expresarlo, de vivirlo, ya no es la misma. Y tampoco quiero que lo sea, porque la vida es movimiento, y cambio, y los únicos que no cambian son los muertos.

Esta semana se han cumplido cinco años desde aquel primer paso que di al crear este rincón en internet para tratar de compartir mi perspectiva y mi particular experiencia sobre mi espiritualidad pagana. No me corresponde a mí saber qué pueden haber aportado mis palabras a otras personas, pero sí sé que a mí me ha servido de mucho escribirlas, y me ha permitido crecer y aprender a muchos niveles. Y también me ha abierto nuevas puertas, algunas de las cuales ni siquiera imaginaba que estuviesen ahí, mucho menos que su llave estuviese en mi mano. Ha sido una hermosa etapa, y ha coincidido con algunos de los momentos más bonitos de mi vida, pero también con algunos de los más duros. Y como todas las etapas, ha llegado el momento de que se acabe para dar paso a cosas nuevas.

Eso no quiere decir que haya perdido las ganas de escribir, o que me haya desilusionado. No abandonaré en un futuro, porque mi sendero sigue adelante desde esta puerta. Sé que he dejado cosas pendientes, por falta de tiempo o de inspiración, y ésas son otras historias que serán contadas en otra ocasión. Aún tengo mucho que decir, mucho que contar, mucho que compartir. Sólo que no será aquí. Este espacio queda cerrado desde ahora, aunque no desaparecerá. Cuando tenga algo que contar (y creedme que hay varias cosas esperando su momento), podréis encontrarme en Ouróboros y en el Ouróboros ABC, y algún día, cuando esta nueva etapa también finalice, como todo debe finalizar, empezaré a construirme otro rincón desde el que dejar oir mi voz, para quien quiera escucharla, y daré entonces las correspondientes señas..

Gracias a todos los que habéis estado ahí, y a los que lleguen aquí en el futuro. Nada desaparece y todo se transforma, y quién sabe en qué otros caminos coincidirán nuestras huellas.

A partir de aquí, como diría uno de los grandes maestros que la vida me ha dado... Fortuna caetera mando, encomiendo el resto a la Fortuna.

miércoles, 4 de abril de 2012

No elegir también es una opción

Al enfrentarnos a un cambio, un problema o una encrucijada que sabemos que puede marcar nuestra vida para siempre, puede entrarnos un inmenso vértigo, que nos paraliza. Entonces buscaremos mil y una excusas para postergarlo, o para evitarlo tal vez. Buscaremos algo que no sea tan drástico, que no abrume tanto. Podemos seguir la estela de otros, podemos esperar a que la realidad nos empuje (o nos arrolle) hacia un camino, podemos quedarnos quietos, cerrando los ojos y cruzando los dedos para que los sucesos nos pasen de largo sin afectarnos. Nada nos obliga a luchar siempre, también podemos plantarnos, o rendirnos. Pero no nos engañemos, no lo hacemos porque "no tenemos otra opción". Tampoco nada nos obliga a capitular.

Elegir el mal menor es una opción, incluso detenerse es una opción. Todos tenemos opciones, por reducidas que sean, por complicadas que sean, por dolorosas que sean. Hay que asumir que lo que aceptamos, lo aceptamos porque queremos, o porque nos parece preferible a las otras opciones.
Es decir, que es tu decisión, tu voluntad, tu responsabilidad.

Y el problema no es equivocarse al elegir. Todos tenemos derecho a equivocarnos.
El problema es no ser capaz de aceptar que tomamos la decisión, que fuimos libres de tomarla, y somos libres de cambiarla, o si el momento ha pasado, de tomar otra.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Señales de alarma

Siempre que iniciamos una relación con otra/s persona/s, ya sea de amistad, aprendizaje, laboral, amorosa,  o de cualquier otra índole, partimos de un voto de confianza inicial. Les proporcionamos un lugar en nuestras vidas, y compartimos con ellas, al mismo tiempo que las actividades cotidianas, muchas cosas en el plano psíquico y emocional. Aunque la relación no sea tan íntima como para crear auténtica interdependencia, siempre se crea una vinculación que se extiende más allá del mero contacto rutinario.
Es este vínculo el que causa que los problemas, cuando surgen, sean especialmente difíciles de afrontar. No sólo porque debemos conocer y tener en cuenta la situación y las reacciones de las otras personas (que son totalmente incontrolables por nuestra parte) además de las propias, sino porque la forma en que nuestras vidas se han entrelazado hace que ese conflicto afecte a muchos niveles y muchas veces lo analicemos pensando en las características de la relación y no del problema en sí. Al fin y al cabo, ya existe una historia en común, y hemos hecho una "inversión", de tiempo, esfuerzo y energía emocional en crear y sacar adelante ese lazo mutuo, que no queremos ver desperdiciada.
Sin embargo, no siempre es una buena idea esforzarse en conservar ciertas cosas, que tarde o temprano acabarán desmoronándose solas por sus propia idiosincrasia, ya que, al postergar lo inevitable sólo conseguiremos que, cuando la ruptura ocurra, sea mucho más violenta y dolorosa por todo el bagaje negativo acumulado.
Pero ¿cómo saberlo?

Muchas veces, cuando las cosas empiezan a descarriarse, pero bastante antes de que vayan realmente mal, percibimos que "algo no encaja". Unas palabras, cierta actitud, algo que está donde no debería o no está donde debería estar. Pequeñas muestras de determinado carácter que no termina de agradarnos en temas aparentemente no relacionados con lo que en el momento nos importa, detalles de los que nos percatamos y descartamos automáticamente como no relevantes, o que cuando nos los hacen notar desde fuera, respondemos que no vienen al caso.
Son señales de alarma, leves zumbidos de aviso de los que somos conscientes pero que nos negamos a analizar porque nos han enseñado que está mal desconfiar, que nos negamos a compartir porque es feo hablar mal de la gente, que pasamos por alto porque hay que pensar siempre en positivo.
Señales a las que sólo otorgamos significado a posteriori, cuando ya es tarde para hacer nada y nos han traicionado, mentido, estafado o dañado. Entonces sí que miramos atrás, y nos quejamos de no habernos fijado, de no haberles dado importancia, de no haber preguntado o prestado oído.
No hay que ser vidente, ni siquiera tener una intuición especialmente desarrollada; la mera experiencia, propia y ajena, debería ser suficiente para orientarnos, para saber qué cosas son sutiles indicios de incompatibilidad o  precursores de un problema en el horizonte, y cuáles son simplemente situaciones o reacciones puntuales sin más trascendencia. Una buena pista es si se trata de algo que se repite, con mayor o menor frecuencia, o tal vez parecen diferentes cosas pero todas vienen derivadas de una misma raíz.
Los patrones cíclicos en las relaciones y los proyectos son prueba de que algo no está resuelto, dado que aunque haya etapas buenas, siempre vuelve a resurgir exactamente el mismo escollo, demostrando así que no está superado. Y tarde o temprano, nos pillará con la guardia baja o con otros frentes abiertos, y ese escollo nos abrirá una brecha en el casco.

Es muy importante saber atender a esas señales cuando aparecen. La ingenuidad y la inocencia están muy bien para los niños, pero incluso ellos deben aprender, y si no apartan la mano al empezar a sentir calor, tendrán que hacerlo al sentir la quemadura. Un poco de suspicacia a tiempo no nos convierte en cínicos, amargados, o malas personas... cosas que sí podemos acabar siendo si ponemos nuestra confianza en gente que no la merece y después de muchas decepciones acabamos endureciéndonos y tratando a todo el mundo como un enemigo o traidor en potencia. Ir por la vida con el corazón abierto a cualquiera puede parecer una actitud hermosa y positiva, pero, en este mundo, lo más seguro es que acabe por convertirnos en víctimas perfectas. Y si no queremos o no sabemos combatir, al menos tenemos que aprender a alejarnos de lo que nos puede dañar antes de que lo haga, y no conceder un voto de confianza tras otro hasta que sea irremediable.

lunes, 12 de marzo de 2012

Los alumbradores

Hay personas que portan consigo la luz. Que pasan a tu lado y te sorprenden con su brillo, entran en tu vida y encienden algo en tí. Son personas que iluminan, que no es lo mismo que iluminados. No tienen por qué parecer nada inhabitual ni ser especialmente llamativos, ni siquiera tienen que ser igual de inspiradores todo el tiempo, o para todo el mundo. Muchas veces, ni ellos mismos son conscientes de esa luz que por el mero hecho de existir, de compartir un momento, están entregando a los demás. Para mí, siempre serán "los alumbradores".

Afortunadamente, han pasado muchos alumbradores por mi vida. Amigos, meros conocidos, personas con las que topé una tarde en un encuentro casual y a las que nunca volví a ver, incluso algunos distantes o difuntos desconocidos cuyas palabras en una página resplandecieron para mí a través del tiempo. Algunos siguen a mi lado, sorprendiéndome de vez en cuando con un destello o un fulgor que ilumina zonas de mi mente, de mi vida, que hasta ese entonces estaban en penumbra. Otros, desde lejos, relucen como un faro, indicándome dónde, por más espesa que sea la niebla y más revuelta que esté la marea, hay un  puerto seguro al que arribar. Otros proyectan su luz en medio del camino, como un fuego fatuo que en lugar de acercarme al terreno pantanoso me aleja de él, o encienderon su hoguera en un claro del bosque más oscuro y compartieron conmigo el cansancio y el reposo, ayudandome a renovar mis fuerzas para continuar cuando estaba a punto de rendirme. Algunos, incluso, me golpearon como un rayo, causándome tanto dolor como claridad me dieron, y no me arrepiento de haberlo sufrido a cambio de lo que obtuve.

Cada uno de ellos, al encenderme esa luz, me mostró o me aclaró algo que valía la pena ver. Gracias a ellos me libré de colisionar, de descarrilar, de despeñarme, de extraviarme, de tragar algo que se había corrompido y me habría hecho daño, de perder algo preciado que había dejado caer y podría haberse quedado atrás, de tropezar en mil y un piedras que estaban ahí, justo en mi camino, y me habían pasado inadvertidas. Gracias a ellos, he llegado a donde estoy hoy. Y gracias a ellos, sé que la senda sigue, siempre adelante, aún por derroteros imprevistos.

Estad atentos a las personas que el destino pone a vuestro lado, aunque sea por un momento. Nunca se sabe cuál de ellas puede ser un alumbrador que prenderá la llama que os cambie para siempre.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Caminando por el arcén

Estaba leyendo el otro día un artículo sobre cine independiente, el llamado cine de autor (como si las otras películas no tuviesen autores), cuando encontré una metáfora que me sorprendió por lo aplicable que era al mundo del paganismo.  Lo que muestra, una vez más, que todo es uno, y que nunca se sabe dónde y cómo puedes aprender algo nuevo.
Luego me di cuenta de que si esa comparación era aplicable, no sólo al cine y a la espiritualidad, sino también a muchas otras cosas, es porque la actitud a la que se refería es un fenómeno común en la sociedad actual, esa especie de necesidad que tienen muchos de desmarcarse, de considerarse a sí mismos diferentes, separados de la masa o el rebaño, entidades amorfas que, por supuesto, son todos menos uno mismo, o menos uno mismo y la gente a la que otorgamos unilateralmente, y como por cortesía, la consideración de ponerles a nuestro mismo nivel.

¿Nunca habéis visto una de ésas películas cuya campaña se basa básicamente en pretender ser alternativas, rompedoras, o impactantes... y que luego resulta que se hacen tremendamente famosas y quienes las defendían empiezan a tacharlas de "comerciales"? ¿Nunca habéis oído a alguien hablar de una película o un grupo musical remarcando, antes de nombrar su calidad o lo que le gusta de ellos, que se trata de algo poco conocido, como si eso fuese un punto (y grande) a su favor?

Ocurre cada vez más, en todos los ámbitos, a todos los niveles. Junto a los que realmente apoyan, hacen o creen algo porque han llegado ahí, paso a paso, por sus propios medios, siguiendo vagas señales, cribando,  reflexionando, convenciéndose racional y emocionalmente y siendo consecuentes con su decisión pese a las pegas que pueda traer consigo, hay otros muchos que simplemente creen que ser distinto equivale a molar más.
Veganos y crudívoros, votantes de partidos minoritarios, góticos y emos, fans de lo "natural" y lo "alternativo", frikis y geeks, budistas y paganos... los diletantes se distinguen fácilmente: son los que llaman constantemente la atención sobre sus ideas y sus actos, los que tratan de convencer a los demás de las bondades de su forma de vida e incluso convertirles, a veces llegando a acusar a quien no hace lo que ellos, de parte de (o todos) los males del mundo. Porque su postura, sus acciones, no tienen valor intrínseco, se definen de forma relativa por mero contraste con los de la mayoría.

Se trata, una vez más, de la clásica dicotomía del ser contra el aparentar. ¿Por qué, si no, fingimos que nuestro camino es diferente, cuando es el mismo? Caminamos por el arcén o por la tierra apisonada al borde de la autopista, mirando por encima del hombro a los "pobres borregos" que la recorren en sus coches, cuando, puestos a llegar al mismo sitio, al menos ellos llegarán antes, y se darán cuenta, mucho antes que nosotros, de que no valía la pena cuando ése sea el caso. Aprenderán la lección que les toca, mientras nosotros nos creemos muy alternativos por ir a pie, avanzando lentamente, sin llegar nunca a donde se supone que queríamos ir, porque lo que nos motiva es el mero hecho de alardear de estar yendo por un camino diferente al de los demás.
Avanzamos en zig-zag, para sentir que no estamos dirigiéndonos al mismo sitio que el resto, pero nuestra trayectoria, en conjunto, es exactamente la misma que la de la gran mayoría de la gente, sólo que queremos creernos que no. Asumámoslo, por ir picoteando aquí y allá, no estamos probando algo diferente. Sólo estamos, si acaso, coqueteando con lo exótico, probando platos nuevos sin más razón que su mera novedad, para luego dejarlos o desvirtuar su significado al encajarlos a patadas en una filosofía, un ritmo de vida y una cultura que los vacía de todo significado y los deja en mera forma.

Al hacer eso, nos estamos engañando, creyéndonos mejores, superiores, a los que por lo menos son lo suficientemente honestos para reconocer que no necesitan nada más que lo que conocen y que aquello que les han enseñado o han visto desde siempre es lo bastante bueno para llenar su vida y hacerles felices. Ni siquiera se trata de ir para volver, alejarnos de lo que hemos tenido siempre frente a nuestras narices para poder dotarlo de una nueva perspectiva y aprender a apreciarlo. No queremos dar valor a lo que ya tenemos y conocemos, al contrario, queremos despojarlo de él. Nos alejamos para juzgar con acritud, para hacer burla y para sentirnos superiores, porque queremos creer que despreciar algo nos coloca automáticamente por encima de ese algo. No hay interés, no hay aprendizaje, no hay perspectiva, no hay riesgo, no hay valentía. Sólo una pose, una excusa para reafirmarnos. Soy distinto, ergo soy mejor. Pobrecillos los demás, miembros de la masa indiferenciada, que no conocen ni comprenden lo que me hace especial.

Como dije, el "ser diferente" no puede tener valor propio, ya que se define en relación con otro conjunto, en lugar de por sí mismo. Así que si pretendemos asignarle un valor, debemos juzgar a los demás, para destacar sobre ellos. Y eso nos convierte en dogmáticos, engreídos, intransigentes etiquetadores, que se creen con derecho a marcar una escala y asignar lugares en ella. Cuando lo que deberíamos estar haciendo no es medir, sino avanzar, y disfrutar de la senda y todo lo que nos ofrece, y centrarnos en superar los obstáculos, cosa para la que, dicho sea de paso, nunca viene mal un poco de ayuda. La diferenciación con respecto a los demás no es una cualidad en sí misma, y desde luego, no es lo que deberíamos centrarnos en buscar. A veces ocurre que se deriva del camino que nos toca seguir, pero siempre debería ser un efecto secundario, y no un objetivo, sino algo colateral. Todos los seres humanos somos absolutamente distintos para cierto valor de identidad, igual que somos absolutamente idénticos para otro cierto valor. Lo importante es buscar nuestro propio camino, el que debemos recorrer cada uno, a nuestro ritmo, con todas sus curvas, sus baches y sus encrucijadas. Tal vez resulte que otras personas, incluso muchas, comparten un tramo con nosotros, que avanzamos en la misma dirección y el mismo sentido durante un tiempo, a lo mejor hasta un largo tiempo. Y eso debería ser motivo de alegría, no de mofa ni de desprecio.

No debería importarnos cómo de transitado es nuestro sendero, sólo que es el nuestro. Y quienes nos acompañen, por numerosos que sean los que caminen a nuestro lado, deberían ser, siempre, bienvenidos.

lunes, 23 de enero de 2012

¡Adelante!

Atravesaron el laberinto del jardín o, más bien, lo que quedaba de él, y a menudo tuvieron que dar rodeos, porque muchos senderos desembocaban ya en la Nada.
Cuando finalmente llegaron al borde exterior de la llanura y salieron del Laberinto, los porteadores invisibles se detuvieron. Parecían esperar órdenes.
La Emperatriz Infantil se incorporó en sus cojines y echó una mirada hacia atrás, a la Torre de Marfil. Y mientras volvía a reclinarse en sus almohadas, dijo:
-¡Adelante! ¡Siempre adelante... a cualquier parte!


Michael Ende, La Historia Interminable


No siempre podemos saber a dónde vamos cuando decidimos avanzar. Habrá caminos inicialmente prometedores que lleven a lugares inhóspitos, puertas que permanecerán cerradas por más que las empujemos, abismos infranqueables, y carreteras cortadas.

Daremos rodeos, frenaremos la marcha, en ocasiones incluso nos veremos forzados a dar media vuelta y volver a elegir otro sendero, otra salida. A veces, tendremos que optar por lo menos malo en vez de por lo que deseamos o consideramos mejor. Tendremos que adaptarnos a las circunstancias y al terreno, y estar preparados para lo que nos podamos encontrar o lo que pueda surgir de improviso.

No nos engañemos, sabemos que no será sencillo, ni cómodo, y que habrá que correr en ocasiones, trepar en otras, e incluso pasear alguna vez por la cuerda floja o el filo de la navaja. Pero también sabemos que detenerse para algo más que para tomar aliento significa anquilosarse, y que si dejamos que la hierba crezca a nuestro alrededor, las raíces nos engrilletarán los pies.

Y sabiendo esto, podremos poner el pie en el camino, y daremos un primer paso, un salto de fe. Y a partir de ese momento, sin prisa pero sin pausa, sin atisbar siquiera meta alguna en el horizonte, avanzaremos. Sin más destino que el propio caminar, adelante, siempre hacia adelante.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tejiendo la red



Según vamos viviendo, vamos construyendo una serie de redes. Como los hilos de una telaraña, conectamos nuestra vida con la de los demás, con nuestro entorno y las normas que lo rigen, buscando puntos de apoyo, apuntalando relaciones, situándonos donde queremos o creemos que nos conviene estar. Acumulamos cosas, costumbres y rutinas que nos ayudan a tener un cierto control sobre el ambiente, y a encontrarnos a gusto en él.

Pero a veces, un apoyo se desmorona, el peso hace colapsar la estructura, o quizá una ráfaga de viento o una mano, inconsciente o malévola,  rompe nuestros hilos. Y la mayoría de esas veces nos lanzamos a reconstruir, juntando los pedazos, aquello que ya se ha roto. O, si tenemos fuerza suficiente para dejar atrás lo que sabemos que hemos perdido, podemos tender hilos nuevos partiendo de lo que ha quedado intacto, y recomponer nuestra zona de confort. El problema es cuando nos negamos a reconocer que nuestro esfuerzo va a ser inútil. Cuando nos empeñamos en levantar estructuras sobre bases inadecuadas, o en el lugar y momento menos oportuno, y perserveramos y perseveramos, dejándonos la piel repitiendo una y otra vez los mismos patrones, pretendiendo, con un optimismo injustificado, nacido sólo de nuestra capacidad de autoengañarnos, que esta vez sí,  esta vez obtendremos un resultado diferente, aunque hayamos hecho las mismas cosas.

Es difícil desprenderse de los viejos hábitos, de aquello que te hace sentir seguro, del lugar donde sabes que puedes permtirte rendirte y caer, porque caerás en blando. Pero, si lo piensas, ya lo hicimos al menos una vez. El primer hilo que tiende una araña es siempre un salto de fe que requiere dejar atrás el lugar seguro al que había trepado sin saber si alcanzará el siguiente puntal. Una vez también nosotros nos atrevimos a confiar en alguien o a elegir un camino, a partir del cual nuestra vida empezó a crecer. Nuestra red, nuestro lugar seguro, es algo en permanente evolución, algo que empezamos a construir casi de la nada, y podemos reconstruir igualmente cuando sea necesario. No es el lugar, ni los apoyos que eliges, ni cada uno de los hilos, ni la forma en que se entrelazan entre sí. Es la araña en su centro, atenta a cada vibración que su tela le transmite, lo que da sentido a todo el tejido.

Hay muchísimas cosas en la vida que no podemos prever. Cosas para las que es imposible estar preparado, porque obedecen a un azar incalculable. Pero eso no quiere decir que uno de esos acontecimientos tenga necesariamente que poner nuestra vida patas arriba, incluso si no hemos tenido la precaución o la suerte de que nuestro entorno sea lo suficientemente firme como para resistir el golpe. Por mucho que la tormenta nos zarandee, podemos empezar de nuevo. Sólo es preciso un salto al vacío.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Construyendo nuestros propios muros

De todos los obstáculos con los que nos tropezamos en la vida, ninguno es tan alto, ni tan recio, como aquellos que nos ponemos a nosotros mismos.

Nuestra forma de mirar ya afecta a la dificultad de lo que percibimos, ya sea porque desde demasiado cerca no siempre vemos dónde está la puerta, ya sea porque desde demasiado lejos ciertas barreras, que de tenerlas delante podríamos salvar de un salto, parecen terriblemente altas por un mero juego de perspectiva.

Pero también hay muros que ni siquiera están ahí hasta que nosotros los construimos.
Todos cargamos con nuestras propias piedras: experiencias, temores, castigos, sesgos, deberes, dolores... Tratamos de liberarnos de ellas, o usarlas para protegernos, y las soltamos en medio del camino.
Y entonces resulta que, si queremos pasar, tenemos que vencer nuestros propios demonios, siempre tremendamente aterradores para uno mismo, aunque para otros no sean más que polvo y se sorprendan al vernos titubear frente a ello.
Tenemos que escalar sobre nuestros propios escombros, donde nunca se sabe cuándo puedes pisar sobre un recuerdo afilado, oxidado, que te infecte la sangre con la fiebre de antesdeayer.

No obstante, si logramos limpiarlas, sacudirlas, limarlas para eliminar los bordes cortantes y miramos bien dónde ponemos los pies, con esas piedras también podemos construir escaleras, y vados, en lugar de muros. Cuando hemos logrado aprender de algo, deja de ser un escombro para convertirse en un ladrillo, algo que en lugar de estorbar o hacernos tropezar, podemos utilizar como materia prima para muchas cosas.

Siempre con cuidado, eso sí, sabiendo que nada que ha sido auténtico se olvida realmente, que nada que ha calado realmente profundo se puede ignorar por el mero hecho de desearlo, que los verdaderos cambios nos transforman por completo y a todos los niveles, e incluso afectan a lo que antes fuimos, pues, desde el otro lado, podemos comprenderlo.
Lo que creemos "superado" es un cepo. Lo que hemos asumido como realidad, es un trampolín.

miércoles, 20 de julio de 2011

Encauzando

Las relaciones humanas, de cualquier tipo, son frágiles. Cambian, se intensifican o debilitan, acaban por no parecerse en nada a lo que pretendíamos, y originándose cosas que no esperábamos. También se acaban, pese a nuestros esfuerzos en sentido contrario, o permanecen en nuestras vidas como una pálida sombra de lo que eran, porque nos negamos a reconocer que se han convertido en un lastre.

Entonces, ¿por qué nos empeñamos en convertir esas relaciones en los cimientos de nuestra vida? ¿Por qué nos definimos a nosotros mismos según lo que los demás ven en nosotros, o lo que deseamos que vean? ¿Por qué ese intento constante de presentarnos favorablemente a los otros? ¿Por qué esa búsqueda de alguien con quien compartir mucho antes de tener siquiera algo que compartir?

Las relaciones se parecen más a un río que a un árbol; nosotros podemos encargarnos de excavar y mantener el cauce, quizá hasta orientarlo, pero el agua fluye libremente, y puede secarse, desbordarse, crear nuevos cursos, salirse por completo de nuestro control. Y a eso no podemos enfrentarnos arrojándonos al fondo para tratar de contener la corriente entre los dedos. Tampoco empeñándonos en construir un canal, de altas paredes forradas de hormigón y potentes esclusas, con el que contener el agua y que vaya exactamente por donde nosotros queremos y con el caudal que queremos.
Nuestra labor es mantener la ribera en buen estado, y comprender que las otras personas son individuos, que no van a actuar como nosotros deseamos, sino que siguen sus propias motivaciones y sus propios impulsos.

Mientras más completos seamos en nosotros mismos, más firmes serán nuestras orillas, y más capaces seremos de adaptarnos a los cambios, sin temerlos, sino aceptándolos y cambiando con ellos.
Y, si el manantial se seca, o la inundación lo anega todo, podremos llorar por el agua derramada, sí, pero después sabremos cómo empezar a construir nuevos cauces, más seguros, más flexibles.

lunes, 9 de mayo de 2011

El futuro empieza en el presente

Mirar hacia el futuro es bueno. Nos permite albergar esperanzas y hacer planes, nos espolea y nos enseña a prever las consecuencias de nuestros actos. Pero también puede bloquearnos, cuando un posible acontecimiento apenas vislumbrado empieza a ocupar más tiempo en nuestra cabeza de lo que debería, y nos centramos tanto en lo que puede venir, que olvidamos el presente, y, en ocasiones, incluso pasamos por alto las claves de hoy que pueden modificar drásticamente lo esperado

De niña leí un cuentecito griego de autor anónimo que trataba sobre un labrador que, harto de que su mujer y sus hijas fuesen rematadamente bobas, se marchaba a ver mundo, sólo para acabar volviendo al descubrir que en el mundo había gente mucho más boba que ellas. Y todas las tonterías que encotnraba en su viaje tenían algo en común: se trataba de gente que era incapaz de ver la realidad de lo que tenían delante, y se aterrorizaban, tomaban decisiones insensatas o buscaban rebuscadísimas soluciones a problemas muy sencillos de resolver.

Y emprendió el viaje; pasadas unas horas llegó a otro pueblo y, al pasar delante de de una casa, vio a una mujer junto a la cuna de un niño, y, colgada de la pared, un hacha.
-¡Pobre niñito mío! -gemía la mujer-. ¡Muerto por un hacha...!
-¿Por qué lloras, buena mujer? -preguntó el labrador.
-¿No ves que ese hacha caerá encima de mi niño y lo matará? ¡Y todavía me preguntas por qué lloro!
-¡Ésta es más boba que las mías! -se dijo el labrador-. ¿Qué me das si salvo a tu hijo de tan triste suerte?
-¡Todo lo que quieras... mi vida entera si te sirve de algo...!
El labrador cogió la cuna y la llevó al otro extremo de la habitación diciendo:
-Mira, buena mujer, ya no hay motivo para que llores...
La angustiada madre le regaló una buena cantidad de dinero en agradecimiento, y el hombre prosiguió su viaje.

¿Cuántas veces he temido lo peor sin ser consciente de que podría evitarlo si me parase a analizar la situación actual sin temor y encontrase el punto donde actuar, aquí y ahora?¿Cuántas veces nos sentimos bloqueados por una situación o por un problema sin darnos cuenta de que la solución está al alcance de nuestra mano?
El futuro es lo que hacemos, lo que vamos creando con nuestros actos: no es algo que temer, pero tampoco un indeterminado momento color de rosa donde por arte de magia todo será mucho mejor.
Nuestro futuro será el que nos construyamos, hagámoslo bien.

lunes, 28 de marzo de 2011

Vendar o curar

Nos pasamos la vida pretendiendo que los demás nos conozcan y aprecien, y como nunca conseguimos del todo que la gente vea lo que nosotros creemos evidente de nosotros mismos, acabamos poniendo nuestras esperanzas en el futuro, esperando que algún día encontraremos a alguien que nos comprenda, que sepa cómo pensamos y por qué actuamos, que nunca nos malinterprete y sepa darnos tiempo cuando lo necesitemos. Una persona que sea consciente de nuestras debilidades pero no las explote, que sepa cuánto duelen las heridas que la vida nos ha causado y las cubra, con exquisito cuidado y vendajes de seda, para que se vayan curando solas, sin que se vean.

Y como de costumbre, lo que deseamos no es lo que necesitamos. Porque nuestros amigos (y nuestras parejas) no están para leernos la mente y actuar exactamente como nos gustaria que lo hicieran, de la forma más cómoda y placentera para nosotros mismos. A menudo limpiar la herida, aunque duela extraer la suciedad, y desinfectarla, aunque el alcohol escueza, nos ayudará a curar mucho mejor que los más suaves vendajes y los más solícitos mimos.

Si queremos que nos entiendan, probemos a explicarnos. Si queremos que nos conozcan, probemos a tratar a los demás sin prevención ni suspicacia, y a aceptar las críticas cuando las recibamos en lugar de achacarlas a la incomprensión ajena. Un amigo no es menos amigo por no saber lo que te pasa o cómo solucionarlo sin que se lo cuentes. O por darte malas noticias, abrirte los ojos, decirte lo que no quieres oir, o incluso, a veces, causarte dolor.
Las personas no son títeres para aparecer mágicamente sólo cuando lo necesitemos y hacer sólo lo que preferimos que hagan. A veces lo que más nos puede ayudar requiere un esfuerzo que nos parece excesivo, o nos exige renunciar a cosas que apreciamos. A veces para ayudarnos hace falta enfrentarnos a cosas que preferiríamos ignorar.

A veces no hace falta poner vendajes sino quitarlos, dejar que la herida se airee y la piel se fortalezca. Y es entonces, a la hora de dar el tirón, cuando toca apretar los dientes y arrancar la costra, cuando comprendes para qué están los amigos.

lunes, 21 de marzo de 2011

Vagando en círculos

A veces tenemos que caminar mucho para volver al punto de partida, y correr mucho para permanecer en el sitio. Y, cuando nos damos cuenta, los pasos que creíamos que nos estaban alejando nos traen hasta la puerta que creíamos haber cerrado tras nosotros. Y comprendemos que nunca salimos del todo por esa puerta, que nos limitamos a rodearla.

El camino puede haber sido agotador, y sin embargo habernos conducido a donde ya estábamos. Eso no quiere decir que haya sido tiempo y esfuerzo perdido, puesto que en el entretanto habremos aprendido muchas cosas de las que aún no podemos ser conscientes, y al menos una lección que ya no olvidaremos: no se puede avanzar sin cambiar, sin dejar cosas atrás, sin haber cruzado el umbral, a sabiendas o desprevenidamente. No se puede llegar lejos si seguimos siendo los mismos.

No hace siquiera saber exactamente a dónde vas. Pero andar determinadas sendas requiere más que poner un pie delante del otro o seguir las huellas de quienes nos precedieron. Requiere una voluntad y un esfuerzo totalmente comprometidos. No se trata de marcar una cruz en un mapa y seguir la línea más recta para alcanzarla sin prestar atención a nada que no sea nuestro objetivo. No se trata de buscar quien nos lleve de la mano y nos aparte las piedras para que no tropecemos con ellas. No se trata de dejarse llevar por cada soplo de viento y cambiar de dirección cada vez que algo nos sorprende o nos deslumbra, ni correr tras espejismos que parecen prometer sueños dorados al alcance de nuestra mano pero que siempre que la alargamos están un poco más lejos. Lo importante es que ese camino sea algo personal. Que sea nuestro camino, con todas sus revueltas y sus encrucijadas.

Y si esas revueltas te conducen de nuevo ante esa puerta que creías a tu espalda, no te desanimes, y comprende que quizá necesitabas algo de lo que has aprendido en tu vagabundeo para tener la fuerza y el valor de cruzarla.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Tocar fondo

A veces, una roca firme te retiene, o una mano amiga te sujeta antes de que pierdas pie y empieces a hundirte. A veces, en plena caída, encuentras una rama a la que agarrarte, o un punto de apoyo para poder subir.

Otras veces, en cambio, la única manera de tomar impulso es llegar a tocar fondo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Fusibles

Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen ciertos mecanismos de protección. Cuando nos sobrecargamos, sea por nuestra propia actividad, o debido a estímulos externos, empezamos a recibir señales de aviso. Ignorarlas, por necesario que nos pueda parecer en el momento, nunca es buena idea.

Todos podemos pensar en determinados lugares, tareas, entretenimientos, e incluso personas, que nos producen sensaciones de agobio o de hartazgo, que nos "queman", y que, sin embargo, seguimos manteniendo en nuestras vidas. Solemos tener buenos motivos para ello, pero la realidad es que los tenemos porque necesitamos apelar a ellos, necesitamos autoconvencernos para seguir repitiendo un patrón que en el fondo, sabemos que nos está siendo perjudicial.

Hasta el día en que, después de haber pasado por alto todas las señales, nos fundimos. Quizá nos ponemos enfermos, quizá nos da un ataque repentino de tristeza o de ira, o simplemente nos quedamos sin fuerzas. Recuperarse cuando ya ha ocurrido es lento y dificultuoso, y eso si hemos tenido suerte y nuestro estado no ha afectado a personas que no tenían culpa y perdemos por eso nuestros puntos de apoyo.

Pero si incluso entonces, si incluso cuando ya hemos fundido nuestros fusibles físicos o mentales, seguimos insistiendo en sobrecargarnos, justificándonos con una y mil razones, desde las más nobles a las más pueriles, terminaremos por quemarnos del todo. Y entonces lo mejor de nosotros mismos se habrá perdido y quién sabe si seremos capaces de recuperarlo o volverlo a construir.

Prestemos atención a los pequeños indicios que nuestro cuerpo y nuestra mente nos dan, a todos esos avisos: el cansancio, la ansiedad, el insomnio, los leves dolores sin explicación aparente. Tomémoslos como señales de precaución, que para eso están. Hagamos caso a esa parte de nosotros a la que no solemos escuchar y nos empeñamos en mantener bajo control consciente en todo momento, éscuchémosla por una vez y atendamos a lo que nos quiere decir antes de que se fundan los fusibles.
Saber cuándo retirarse es tan importante como saber cuándo insistir.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Como un rayo

Como un rayo, que golpea cuando ilumina, nos llegan a veces palabras o ideas que nos cortan el aliento y nos frenan en seco.

Escuchamos algo, o lo leemos, o estamos mirando un cuadro, un paisaje, y un detalle antes inadvertido captura de golpe nuestra atención. Nos planteamos algo, o nos asalta un pensamiento que nos deja boqueando, como si hubiéramos caído de golpe a una poza de agua fría. Vemos en los ojos de otra persona o captamos en sus palabras toda la fuerza de una descarga eléctrica, tierra y nube haciendo contacto en una explosión cegadora.

La sensación nos abruma, la mente parece abrirse a la vez en todas direcciones, a veces como una flor, a veces como un estallido.

Y si tenemos suerte cuando, tambaleándonos, recuperamos el equilibrio, podemos conservar no sólo el recuerdo del golpe, sino parte de esa luz.

Como un rayo, que al tocarnos nos enciende y nos abrasa. Y nunca volvemos a ser los mismos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Mantenerse al margen

Hay una línea muy fina entre ayudar y entrometerse. Y no la trazamos nosotros, sino la otra persona. No es lo mismo tender la mano que tirar del brazo.

Hay situaciones que se ven con mayor claridad desde fuera, pero también hay muchas en las que los factores involucrados, o la forma en que actúan, no son apreciables en su totalidad sin estar metido hasta el cuello. Y adentrarnos en arenas movedizas para sacar a quien ha caído en ellas sólo nos llevará a que nos hundamos los dos.

Tenemos tendencia a sobrevalorarnos, en relación a los demás. A creernos más perspicaces, o más hábiles. A pensar que sabemos qué les pasa, e incluso qué les conviene. Prestamos la ayuda que creemos adecuada, sin plantearnos ni por un momento si realmente lo es, o si es siquiera necesaria. En el mejor de los casos, pretendemos guiar por el camino que nosotros preferimos; en el peor, incluso empujamos en la dirección que creemos "correcta".

Dejemos a los otros la potestad de decidir lo que quieren hacer con su vida, la potestad de elegir si quieren o no  nuestra ayuda. Mantengámonos al margen incluso de lo que creamos que nos incumbe, dispuestos para acudir si se nos solicita, pero inactivos hasta entonces, por mucho que creamos que hace falta o que podemos marcar una diferencia. Porque esa decisión no nos corresponde tomarla a nosotros.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Contrapartidas

Incluso en los peores momentos, cuando las circunstancias nos bloquean, o cuando nuestros mejores esfuerzos acaban por mostrarse inútiles, cuando parece que todo a nuestro alrededor conspira para asfixiarnos y no dejarnos avanzar... incluso entonces, siguen habiendo y sucediendo cosas buenas.

Lo que ocurre es que nos suelen pasar desapercibidas mientras, enervados, tratamos de anticiparnos al próximo golpe, o nos replegamos en nosotros mismos, autocompadeciéndonos. Pero están ahí, aunque sean pequeñas cosas, y percatarse de su existencia puede ayudarnos a aminorar la carga, a hacer menos oscura la noche y recordarnos el amanecer. Si las ignoramos por comparación con todo lo malo que las rodea, nos quitaremos ese alivio a nosotros mismos, haciendo más desagradable, e incluso prolongando, la mala racha.

Verlo todo de color de rosa es una ingenuidad y un peligro, pero verlo todo negro es igual de pueril. Cada pequeño detalle tiene su propio color, y, aunque sea inevitable que unos se mezclen con otros en ocasiones, debemos aprender a apreciarlos por sí mismos, y no como reflejos de nuestro estado de ánimo o nuestras circunstancias.

No podemos dejar que el desaliento tiña nuestra percepción. Los momentos en los que peor parecen presentarse las cosas, son los momentos en que, justamente, debemos estar más atentos, y más abiertos a las pequeñas contrapartidas de la vida.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

No eres el centro

...esa pequeña lección que a veces la vida enseña a palos: que no eres el único que observa el mundo. Que la otra gente es gente; mientras los miras, ellos te miran a tí, y piensan en tí mientras tú piensas en ellos. Que tú no eres el centro del mundo.

Terry Pratchett, Regimiento Monstruoso

Todas y cada una de las personas del mundo, de los miles de millones de personas vivas que hay sobre el planeta, son el centro de su propio universo, protagonistas de su propia historia. En las vidas de los demás, sólo somos secundarios, o incluso extras sin texto.
¿Por qué no tratamos, para variar, de entrar en el mundo de los demás en lugar de hacerles encajar en el nuestro?

lunes, 8 de noviembre de 2010

Forjándonos

Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.

Giovanni Pico della Mirandola,
Oratio de hominis dignitate

Las circunstancias y acontecimientos que nos han tocado vivir pueden ayudarnos o limitarnos, los caminos y las puertas que logremos encontrar son los únicos que podemos seguir. Pero depende de nosotros cómo afrontar las circunstancias, y cómo andar el camino.

Las elecciones que hagamos, y sobre todo los motivos por los que las tomemos, serán lo que nos convierta, poco a poco, en lo que somos. Y, en un proceso que nunca termina, iremos construyéndonos a nosotros mismos, levantando sobre nuestra herencia nuestra personalidad. A veces las estructuras se derrumbarán, pero si nos esforzamos en entender la causa, alzaremos otras más firmes. Los límites y las barreras siempre existirán, pero aprenderemos cuáles pueden saltarse, y cómo, y cuáles debemos respetar, y por qué.

Somos libres para decidir lo que queremos ser, y libres para elegir cómo llegar a serlo. Entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte, tenemos todo el espacio para crearnos a nosotros mismos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Movimiento uniformemente acelerado

Todo a nuestro alrededor nos presiona tanto, y tan constantemente, para que vayamos más deprisa, cada vez más deprisa, que a veces, por más que nos movamos hacia adelante, nos parece que estamos bloqueados.
No nos dejemos convencer por el ritmo de aceleración constante que nos imponen: si seguimos nuestra propia senda, bien podemos exigir que nada nos impida recorrerla a nuestra propia velocidad, ni variarla según el momento en que nos encontremos. A veces necesitaremos, o querremos, ir más deprisa, a veces aminoraremos la marcha para ver mejor dónde pisamos.

Que no nos convenzan de lo contrario, por más que nos empujen a acelerar y acelerar.
Bajar el ritmo no es detenerse, y tropezarse no es caer.