A veces, hay algo de nosotros mismos que nos cuesta asumir. Porque no lo entendemos, porque no encaja con lo que creíamos ser, porque lo hemos descubierto en nuestro interior sin pretenderlo, surgiendo como reacción a un momento o acontecimiento concreto… Y nos sorprendemos de que algo así forme parte de nosotros.
No tiene por qué ser algo desagradable. Quizá tan sólo es diferente, o chocante. Quizá incluso hay mucha gente que lo considera totalmente normal. Pero para nosotros es algo desconocido, algo que no imaginábamos… y, de repente somos conscientes de que ese algo, tan extraño, tan ajeno, es parte de lo que somos.
¿Cómo lo afrontamos? A veces lo enarbolamos, desafiantes, llamando la atención sobre justamente eso, entre todo lo que nos define, acabando por perder de vista lo que era realmente, antes de convertirlo en un estandarte. A veces lo escondemos, avergonzados, tratando de olvidar que está ahí. Tratamos de fingir que no existe, que nunca ha existido. Nos convencemos de que es un hecho aislado, o guardamos la esperanza de que desaparezca como mismo llegó. Sólo que no lo hace. Porque realmente nunca vino. Siempre ha reposado ahí, agazapado en nuestro interior, formando un todo con el resto de nuestra personalidad. Que no lo viésemos antes no significa que no estuviese.
Tratar de ocultarlo es como fingir que eres rubia cuando eres morena. Puedes teñirte el pelo tan a menudo como sea posible, antes de que ni siquiera asomen las raíces. Puedes ocultar cualquier foto o documento que muestre que tu pelo es oscuro. Pero bajo esas mechas, sigues siendo morena. Aunque trates de convencerte de que siempre has sido rubia y el tinte no es más que para resaltarlo, no vas a cambiar el color real de tu pelo, y en cuanto te descuides volverá a aflorar. Puedes disimularlo, puedes rechazarlo, puedes mentir, y mentirte. Pero no puedes cambiar lo que realmente eres, lo que en el fondo te convierte en ti mismo.
A veces, queremos olvidar alguna parte de nosotros. Porque nos resulta incómodo, porque nos da problemas, porque quizá incluso nos asusta un poco. Pero un día surge de nuevo, y te mira a los ojos, y te ves como en un espejo. Y comprendes que eres lo que eres, nada más, y nada menos. Simplemente tú.
lunes, 31 de marzo de 2008
viernes, 28 de marzo de 2008
[En otras palabras] Inventar el regreso del mundo...
Poniendo granito a granito de arena, inventando y recreando. Es un paso más, y es más que un paso. Es mirar el camino recorrido y decidir que fue un buen camino, y que vale la pena seguir andando. Es reencontrar viejas palabras y pronunciar otras nuevas. Cantar antiguas canciones con voces recién estrenadas.
Gracias a todos los que habéis tomado la mano que tendí. Los que han vuelto y los que acaban de llegar. Ahora... tenemos un mundo por inventar.
Gracias a todos los que habéis tomado la mano que tendí. Los que han vuelto y los que acaban de llegar. Ahora... tenemos un mundo por inventar.
Inventar el regreso del mundo
después de su desaparición.
E inventar un regreso a ese mundo
desde nuestra desaparición.
Y reunir las dos memorias,
para juntar todos los detalles.
Hay que ponerle pruebas al infinito,
para ver si resiste.Roberto Juarroz
miércoles, 26 de marzo de 2008
Venciendo dragones
Los cuentos de hadas superan a la realidad;
no porque nos digan que los dragones existen,
sino porque nos dicen que los dragones pueden ser vencidos.
Gilbert Keith Chesterton
Y, armados con ese conocimiento, podemos alzar la lanza e hincarla en el corazón del más profundo y terrible de nuestros temores, bañarnos en su sangre, y volvernos casi invencibles.
lunes, 24 de marzo de 2008
Esta luna de marzo...

Luna de Tormenta, Luna del Gusano, Luna del Pez, Luna Durmiente, Luna Ventosa, Luna del Hambre, Luna de Muerte, Luna de Savia, Luna del Huevo, Luna del Cuervo, Luna de Azúcar, Luna de la Corteza, Luna del Arce, Luna Casta, Luna de la Flor Creciente…
La luna llena ha brillado con una intensidad que no me esperaba. Será, una vez más, la primavera… o será, simplemente, que la miro con otros ojos.
La luna llena ha brillado con una intensidad que no me esperaba. Será, una vez más, la primavera… o será, simplemente, que la miro con otros ojos.
Foto tomada el 21 de Marzo de madrugada, en la playa de Las Gaviotas.
viernes, 21 de marzo de 2008
[En otras palabras] Nueva primavera
Ha pasado el equinoccio. Puedo mirar alrededor y ver las flores, notar el aire más cálido. Pero es corriendo por las venas donde realmente siento la primavera.
NUEVA PRIMAVERA
Otra vez revivo con las flores
se llenaron de pétalos mis poros
en mi cuerpo, puente levadizo,
gravitan escondidos firmamentos.
Como tren sin carrilera me deslizo
hasta lo más colorido del planeta
y corre por mi linfa
el verde crecido entre las ruinas y la nieve.
Me deslío
me vuelvo agua de guayabos en flor
perfume de magnolias
que nunca lloraron en invierno
hilo de lluvia retardada.
Camino a tientas largos días
consultando el secreto de las plantas
para sobrevivir a tanta muerte
la esquina donde guardaron tanta vida
y los jirones de piel que resucitan
al despuntar el sol.
No sé cómo pude pasar tantos meses
sin gritarle al mundo que te amo
que mi corazón, escudo maleable,
se deslíe en cada aparición del sol.Consuelo Hernández
miércoles, 19 de marzo de 2008
De equinoccios y equilibrios
Mañana es el Equinoccio de Primavera. Un equinoccio es siempre un momento de equilibrio, pero también es un punto de inflexión.
Cuando pensamos en el equilibrio, a menudo olvidamos su carga de inestabilidad. Hablamos como si sólo fuera necesario alcanzarlo, y una vez en equilibrio, todo irá bien. Como si el equilibrio fuera definitivo, sólido e inmóvil. ¡Pero el equilibrio es sólo un punto! Un centímetro más a la derecha o a la izquierda, y ya no estamos perfectamente equilibrados. Un paso adelante o atrás, y descolocamos el eje.
Buscar el equilibrio es un trabajo constante, casi de malabarista. Requiere pequeños ajustes constantes, grandes cambios en algunas ocasiones. Cuando las cosas en nuestro entorno se van transformando, ya no estamos equilibrados. Quizá creamos que sí, pero en realidad nos hemos quedado en la misma postura mientras todo lo de alrededor se ha movido, y nuestro centro se ha desplazado sin que nos demos cuenta.
Para mantener el equilibrio, muchas veces es necesario apoyarse en los extremos, en ambos, conocer las altas cumbres y las profundas simas, y tomar cosas de ambas.
Todo se mueve, y debemos movernos al mismo ritmo para poder mantenernos en pie. El equilibrio no es cuestión de atrincherarse en una posición inamovible, sino de avanzar en armonía con los cambios que incesantemente ocurren.
Por eso, para mí, el equinoccio de mañana será mi momento de equilibrio… el equilibrio del atleta apoyado en los tacos. Mañana es mi momento de tomar impulso para echar a correr.
Cuando pensamos en el equilibrio, a menudo olvidamos su carga de inestabilidad. Hablamos como si sólo fuera necesario alcanzarlo, y una vez en equilibrio, todo irá bien. Como si el equilibrio fuera definitivo, sólido e inmóvil. ¡Pero el equilibrio es sólo un punto! Un centímetro más a la derecha o a la izquierda, y ya no estamos perfectamente equilibrados. Un paso adelante o atrás, y descolocamos el eje.
Buscar el equilibrio es un trabajo constante, casi de malabarista. Requiere pequeños ajustes constantes, grandes cambios en algunas ocasiones. Cuando las cosas en nuestro entorno se van transformando, ya no estamos equilibrados. Quizá creamos que sí, pero en realidad nos hemos quedado en la misma postura mientras todo lo de alrededor se ha movido, y nuestro centro se ha desplazado sin que nos demos cuenta.
Para mantener el equilibrio, muchas veces es necesario apoyarse en los extremos, en ambos, conocer las altas cumbres y las profundas simas, y tomar cosas de ambas.
Todo se mueve, y debemos movernos al mismo ritmo para poder mantenernos en pie. El equilibrio no es cuestión de atrincherarse en una posición inamovible, sino de avanzar en armonía con los cambios que incesantemente ocurren.
Por eso, para mí, el equinoccio de mañana será mi momento de equilibrio… el equilibrio del atleta apoyado en los tacos. Mañana es mi momento de tomar impulso para echar a correr.
lunes, 17 de marzo de 2008
Consumístico
Hace tiempo, casi cuando empecé a escribir aquí, hablaba mucho de la diferencia entre ser y aparentar, y de cómo hay gente que cree que aparentar algo es el primer paso, o quizá el único importante, para llegar a serlo.
Una pregunta que me hicieron el otro día me lo ha recordado, y me he dado cuenta de que hay un tema que, aunque he hecho alusión a él muchas veces, nunca he tratado en profundidad: el consumismo dentro de lo que supuestamente debería ser algo espiritual.
Para practicar o pertenecer a una religión, lo único importante es cuáles son tus creencias y si tus actos son consecuentes con ellas. Lo único.
No importa cómo vistes, ni lo que sostienes en la mano, ni lo que pones en el altar, si es que tienes uno. Lo que importa es lo que llevas dentro.
Si dentro de esa religión, como ocurre en el paganismo, se realizan ritos, es posible que éstos requieran determinados materiales. Pero sin esos materiales, el rito puede llevarse a cabo de igual manera. Aunque más simplificado, seguirá siendo una ceremonia religiosa, seguirá siendo un enlace entre los Dioses y tú.
¿Por qué, entonces, tanto empeño en comprar cosas, en acumular objetos?
La razón más común nos lleva de nuevo al aparentar. Es más fácil sentirse “bruja” con un athame en la mano, un pentáculo gigantesco alrededor del cuello y quince velas encendidas de quince colores diferentes. Sin nada de eso, para sentirnos preparados tendríamos que esforzarnos, aprender, dejarnos la piel tratando de descubrir dónde aparecen las enseñanzas y el significado profundo que nos pueden aportar. Y eso es difícil, agotador, y la mayoría del tiempo parece no ofrecer ninguna recompensa notoria. Así que buscamos esas cosas, y las hierbas, las piedras, el libro forrado en cuero negro, la escoba y el caldero… todo lo que en nuestra imaginación tiene un aura de magia y poder, pensando que tenerlos cambiará algo, nos hará “diferentes”. Pero, como no sabemos qué es realmente lo importante en esos objetos, no sabemos qué es lo que debemos buscar, lo que deberían aportarnos, sólo sabemos que los queremos.
Y ahí llegamos a la cómoda costumbre de quererlo comprar todo con dinero. Porque el dinero es algo que palpamos, que podemos controlar. En lugar de investigar y tratar de aprender qué es realmente un caldero, qué simboliza, para qué lo necesitamos si es que lo necesitamos, qué características debemos buscar en uno… vamos a un lugar donde nos resuelvan las dudas de un plumazo, y nos certifiquen que obtendremos un auténtico “caldero de bruja”. Visitamos tiendas y páginas web esotéricas, donde nos prometen que los objetos que compremos serán 100% místicos. Y luego nos quejamos de que son caros. ¡Pues claro que lo son! Porque no te están vendiendo sólo un objeto. Te están vendiendo seguridad, despreocupación, te están vendiendo la tranquilidad de no tener que pensar por ti mismo.
Antes de comprar cualquier objeto o componente, piensa para qué lo necesitas. Es más, piensa si lo necesitas. Una vez tengas claro eso, busca en todos los lugares posibles. Las tiendas esotéricas en su mayoría están muy bien, pero ¿no podrías localizar algo similar en una tienda especializada (una cuchillería, una papelería, una tienda de menaje del hogar…) donde te saldría más barato? ¿No podrías, en muchos casos, comprar algo genérico (un cuchillo de monte o una libreta en blanco, por ejemplo) y personalizarlo, o hacerlo tú mismo, aportándole parte de tu energía?
Pagar más por algo no lo hará mejor. Pagarlo porque te digan que es especial para tus fines, tampoco. No siempre el dinero lo resuelve todo. Hay cosas que no se pueden comprar.
Una pregunta que me hicieron el otro día me lo ha recordado, y me he dado cuenta de que hay un tema que, aunque he hecho alusión a él muchas veces, nunca he tratado en profundidad: el consumismo dentro de lo que supuestamente debería ser algo espiritual.
Para practicar o pertenecer a una religión, lo único importante es cuáles son tus creencias y si tus actos son consecuentes con ellas. Lo único.
No importa cómo vistes, ni lo que sostienes en la mano, ni lo que pones en el altar, si es que tienes uno. Lo que importa es lo que llevas dentro.
Si dentro de esa religión, como ocurre en el paganismo, se realizan ritos, es posible que éstos requieran determinados materiales. Pero sin esos materiales, el rito puede llevarse a cabo de igual manera. Aunque más simplificado, seguirá siendo una ceremonia religiosa, seguirá siendo un enlace entre los Dioses y tú.
¿Por qué, entonces, tanto empeño en comprar cosas, en acumular objetos?
La razón más común nos lleva de nuevo al aparentar. Es más fácil sentirse “bruja” con un athame en la mano, un pentáculo gigantesco alrededor del cuello y quince velas encendidas de quince colores diferentes. Sin nada de eso, para sentirnos preparados tendríamos que esforzarnos, aprender, dejarnos la piel tratando de descubrir dónde aparecen las enseñanzas y el significado profundo que nos pueden aportar. Y eso es difícil, agotador, y la mayoría del tiempo parece no ofrecer ninguna recompensa notoria. Así que buscamos esas cosas, y las hierbas, las piedras, el libro forrado en cuero negro, la escoba y el caldero… todo lo que en nuestra imaginación tiene un aura de magia y poder, pensando que tenerlos cambiará algo, nos hará “diferentes”. Pero, como no sabemos qué es realmente lo importante en esos objetos, no sabemos qué es lo que debemos buscar, lo que deberían aportarnos, sólo sabemos que los queremos.
Y ahí llegamos a la cómoda costumbre de quererlo comprar todo con dinero. Porque el dinero es algo que palpamos, que podemos controlar. En lugar de investigar y tratar de aprender qué es realmente un caldero, qué simboliza, para qué lo necesitamos si es que lo necesitamos, qué características debemos buscar en uno… vamos a un lugar donde nos resuelvan las dudas de un plumazo, y nos certifiquen que obtendremos un auténtico “caldero de bruja”. Visitamos tiendas y páginas web esotéricas, donde nos prometen que los objetos que compremos serán 100% místicos. Y luego nos quejamos de que son caros. ¡Pues claro que lo son! Porque no te están vendiendo sólo un objeto. Te están vendiendo seguridad, despreocupación, te están vendiendo la tranquilidad de no tener que pensar por ti mismo.
Antes de comprar cualquier objeto o componente, piensa para qué lo necesitas. Es más, piensa si lo necesitas. Una vez tengas claro eso, busca en todos los lugares posibles. Las tiendas esotéricas en su mayoría están muy bien, pero ¿no podrías localizar algo similar en una tienda especializada (una cuchillería, una papelería, una tienda de menaje del hogar…) donde te saldría más barato? ¿No podrías, en muchos casos, comprar algo genérico (un cuchillo de monte o una libreta en blanco, por ejemplo) y personalizarlo, o hacerlo tú mismo, aportándole parte de tu energía?
Pagar más por algo no lo hará mejor. Pagarlo porque te digan que es especial para tus fines, tampoco. No siempre el dinero lo resuelve todo. Hay cosas que no se pueden comprar.
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