La fe es un acto irracional. Aquél que realmente cree, sabe que no hay ningún dato objetivo que refrende sus creencias, y no necesita que lo haya. Si lo necesitase, ya no sería fe.
Pero eso no quiere decir que para ser creyente sea necesario ser no pensante. Uno puede pensar sobre su fe todo lo que quiera. Una auténtica fe no se desmorona porque pensemos sobre nuestras creencias, porque su núcleo está más allá de la forma en que veamos a la divinidad, o la llevemos a la práctica.
Los paganos no tratamos de convencer a nadie de que siga nuestro camino. El que se acerca a él, lo hace por propia voluntad, se embarca en su propia senda, su propia evolución. Y el primer paso es siempre conocer aquello en lo que has empezado a creer.
Hay quien investiga y estudia el paganismo, y tiempo después siente despertarse la chispa de la fe. Hay quien ante unas palabras, una imagen, una música... siente una extraña nostalgia, la inesperada sensación de estar "volviendo a casa", y se lanza a conocer lo que hay detrás de ella.
Lo único imprescindible para recorrer un camino espiritual es estar dispuesto a avanzar por él. Y para eso hay que pensar, hay que estudiar, hay que indagar en los orígenes de ese camino, incluso para poder abandonarlos si llega el momento en que nos sea necesario hacerlo es preciso haberlos conocido primero.
Llamarse a sí mismo "pagano", "wiccano", "brujo" o "druida" requiere mucho más que ponerse una etiqueta. Tienes que saber qué hay bajo esa etiqueta. No es motivo de vergüenza no saber algo, pero sí no tratar de averiguarlo. No es un inconveniente no tener respuestas, pero sí dejar de hacerse preguntas.
Si tu fe no resiste las preguntas, busca otro camino. Pero no hagas gala de tu ignorancia disfrazándola de fe. Porque la auténtica fe crece con el conocimiento, y, mientras menos conozcas sobre aquello que crees, más limitada será.


